
Quejumbrosa se dolía el alma. Oscuridad por las cuatro esquinas. Cariacontecida viene vagando; opacada y mohína.
Descorazonada se asomó al balcón de los ojos, aún de abulia teñida, desde su alminar observó los duelos que, en las afueras acaecían.
Compungida caviló dilucidando que, para lamentarse motivación no tenia; avergonzada se cubrió de rubores por haber menospreciado las joyas que poseía.
Contrita suplicó mil perdones a la vida por haberla tantas veces vituperado, ofuscada y resentida.
La arrulló entre sus brazos con palabras enmeladas de bienvenida y le cantó al son de parabienes con gracias enternecidas.
A veces ardua es la lucha, le dijo, penoso calzarse la coraza día tras día; cuánto más cómodo resulta cesar la contienda, y naufragar en la apatía. Mas eso, en verdad, sólo posee un titulo: mezquina cobardía.
De este modo se confortó el espíritu que despertó amaneciendo ramas y floreciendo al ímpetu de la dicha. Manando en sus hojas la savia, se colmó de purificada energía. Y ungida de coraje, plantó cara a la burda melancolía; inundándose los pulmones con las mil fragancias que dimanan de la alegría.