La lluvia desasosiega al silencio que me abate y tú, con capital efervescencia, otorgas melodía a mi condena. El verde horizonte se refugia en mi pupila y en las tuyas, el mar cabriolea sus añiles. Eres alondra que se posa en mi pecho de amor ungido, esencia inabarcable, que conmueve hasta la delicadeza. Jazmines humedecidos trasminan mis manos de blanco y aromas. El paisaje es un venero fragante que al delirio nos incita. La sal del deseo se evapora de dos cuerpos y se torna pan festivo entre los labios.