
Dicen que la primera hora del día es el timón de la jornada.
Me gusta coleccionar frases hechas y esta es una de ellas, mas tengo que alzar mi protesta y negar rotundamente que sea veraz.
Ayer mi primera y mi segunda hora fueron exactamente, con alguna pequeña variante sin importancia, idéntica a mis primeras horas de los rutinarios días de siempre.
La mañana avanzó por buen camino, tuve que asistir al hospital y guardar cola, mas no exageradamente larga, tras unas pruebas médicas, fui con mi hija a desayunar; en sana armonía.
Más tarde realizamos unas compras y por fin a mediodía volvimos las dos a casa. Todo dentro de la normalidad. Por lo tanto si esa frase que cité al principio fuera cierta, así habría yo terminado la jornada, en santa paz.
Pero hete aquí que, a partir de las doce de la mañana se desencadenaron los acontecimientos.
En primer lugar se averió la impresora, me dije, cosa nimia. A continuación avisan a mi hija de que su novio ha sufrido un accidente de moto, bueno, la consolé, podría haber sido peor, sólo se lastimó una muñeca y le pusieron un collarín al cuello para preservar, más que por otra cosa.
Tercer dardo, recibo una carta de la Seguridad Social comunicándome que me han cambiado de doctor. Ya comienzo a mosquearme; me indigno. Yo estaba feliz con mi médico. A veces pienso que de no haber sido por él no me encontraría hoy tan bien de salud, física y mental. Él me consuela, le quita importancia a mis hipocondrías, en definitiva que lo aprecio y me duele el cambio. Además odio cambiar las cosas preestablecidas, por muchos años de continuidad.
Bueno pensé, dentro de dos meses como indica la carta me volveré a cambiar a “mi medico” de nuevo y la cosa volverá a su cauce.
Pero claro había más. Me llaman de la imprenta donde mande a imprimir unos cuadernillos, con algunas poesías mías, editarlos y regalarlos a los amigos. El buen señor me llama para darme el costo,horror, se sale de mi presupuesto. La ilusión hecha añicos.
Aún habría algo más,mi hermana por Messenger, me comunica que el viernes va a sufrir una pequeña intervención quirúrgica; esta fue la gota que colmó el vaso.
En ese momento se unieron todos las pequeñas puyas, cada uno de los picotazos del día y todas, al unísono me causaron un gran disgusto. Lloré para desahogarme, pero en verdad concretamente no sé por qué lloraba, o por cual de los pequeños duelos lloraba más.
Y cosas de la vida, como cada vez que me abate un cataclismo de este estilo me encontraba sola.
Un millón de acericos, pueden crear una daga.