
La ambulancia se detiene en el centro de la avenida desierta a esta vespertina hora. Aunque es pleno invierno la costumbre arraigada de guardar la siesta hace que la gente, aún sin dormir, repose en sus casas. Las viviendas a ambos lados de la calle permanecen cerradas a cal y canto.
Del vehículo sanitario se apean el conductor y el enfermero de turno, los dos se encaminan hacia la parte trasera y extraen una camilla; en ella recostada, una anciana bastante gruesa.
Ella les da la llave que porta en un pequeño bolso y los funcionarios a instancias de la mujer abren la puerta del hogar, con su pesada carga a cuestas.
Ya dentro, la sientan en una butaca orejera, por último, el A.T.S le acerca el calefactor y se despide de ella que queda completamente sola en la vieja casa.
Esta escena se repite al menos dos veces al mes.
Desde fuera a los que tienen conocimiento del hecho les parece un capricho de anciana, de hecho lo es, pues no está realmente enferma, al menos no padece otra enfermedad más que los achaques propios de la edad.
Bueno, hay que decir para ser justos, que adolece de un mal muy extendido en los tiempos que corren.La soledad.
Maria, sobrevive a ella de esta manera. La emoción de la llamada al servicio de asistencia social a la tercera edad. La espera de los sanitarios, la entrada del enfermero portando la camilla, el traslado al hospital comarcal. La cháchara con otros enfermos mientras guarda su turno, la auscultación médica que descarta todo tipo de trastorno... el regreso a su solitaria vivienda y como colofón la visita más tarde de los vecinos,tan solos como ella, interesados en su estado de salud y la señora a sus anchas, relatando pelos y señales de su odisea sanitaria.
Como en el cuento de Pedro y el lobo, sus propios hijos, cada uno en su hogar, con el tiempo y el reiterar de la historia dejaron de inmutarse al oír la llamada de socorro. Mas los servicios sanitarios no pueden por ley hacer caso omiso de la petición de ayuda.
Es otra forma, algo extraña eso si, de evadirse de la monotonía. Otros ancianos cursan viajes. Se ponen lacitos en el pelo, tacones de aguja y falda ostensiblemente corta. Bailan o cotillean en el “Hogar del Pensionista”. Buscan pareja en programas televisivos. Leen, hacen ganchillo...
Cada cual a su manera palia esas untuosas soledades que los aprisionan.
Desde la perspectiva cada minuto más cercana, con que ahora los miramos en nuestra lozanía, nos podrán parecer métodos aceptables o molestas impertinencias; mas no debemos perder la paciencia, pues no sabemos arropados y fuertes como estamos en plenitud de facultades, lo que habremos de hacer cuando nos volvamos prácticamente inservibles.