Desde el rojizo tejado, donde me amparo del relente nocturno, observo allá abajo el parque en que habito. Soy un ave, concretamente una paloma, no una zorita, ni torcal, simplemente una paloma domestica de las miles que a diario sobrevolamos las plazas y los jardines urbanos, picoteando, como mendigas, granos de alimento en las manos de los niños.
En el ambiente se huele el cambio del tiempo, la luna camina rodeada de una escolta nebulosa que, desde este observatorio, me hace verla borrosa. El aire llega de poniente, lloverá al amanecer. Ya va siendo hora, el verano se ha alargado en demasía, agostando la flora del parque. Por el oeste se despereza el día y, como barrunté, el cielo se muestra de nubes rebosado. Caen las primeras gotas; las escucho repicar en las tejas del palacete. Además, el olor a tierra mojada es un gozo para el espíritu. Aquí, en mi refugio, no importuna el agua, pero la humedad hace doler mis viejos huesos. Las hojas realizan su último vuelo y en el suelo las dunas de hojarasca crujen en un postrer estertor, antes de ser barridas por el viento o aspiradas por las máquinas del jardinero.
Desde el privilegiado espacio que me concede la altura, dejo errar mi mirada por lo que me rodea. No está la mañana para planear por la ciudad curioseando. Desde aquí diviso la diadema pétrea que corona la testa de “La dama nívea”.
Quiero relataros una historia que acaeció en este oasis del centro de la urbe hace algunos años, cuando yo aún era una joven y locuaz paloma y el mundo se veía de un azul esplendoroso, incluso en los días como el de hoy, en que arrecia la lluvia.
En el centro de la plaza se ubicaba la glorieta, circundada por un parterre de rosas rojas y blancas. Una grada de azulejos vidriados divide el círculo, de cuyo centro surgía el pedestal de granito donde se aposentaba la esfinge de un coloso, con toda su envergadura. Desde allí dominaba el paisaje, altanero y elato y, se dejaba adorar por los viandantes que a diario pasaban junto a el. En la altura que le brindaba su atalaya los miraba con menosprecio, seguro del poder que creía poseer, al ser admirado durante tantos años, por multitud de ciudadanos. Los niños, a su alrededor jugaban o montaban en bicicleta, vigilados de cerca por sus madres o niñeras, que parloteaban unas con otras hasta que terminaban las horas de juego. Los ancianos a sus pies aprovechaban el calor del sol, descansando en los peldaños que acceden al basamento. Allí, como siempre, comentaban sus avatares cotidianos, manidos ya por el repetitivo catálogo de sus predecibles rutinas. Ya en las tardes. Casi dibujado el crepúsculo, los adolescentes tomaban posesión del parque. En los contornos del monumento se citaban para reunidos charlar. Aunque lo que más practicaban es esa costumbre de beber todos de la misma botella o pasarse unas veces el cigarrillo otras el canuto, de unos labios a otros sin el menor escrúpulo. Los enamorados tomados de las manos se besaban calenturientos, sin asomo de pudor, indiferentes a cuantos les rodeaba, ajenos a esos ojos metalizados, que desde lugar privilegiado los observaban fijamente con una gran dosis de envidia. Esta escena se repetía en el jardín, día tras día, en la rueda de las estaciones, con escasas variantes en el panorama y sus moradores.
Una muchacha solitaria llegó una tarde al parquecillo en el espacio que menos frecuentado estaba: las horas que trascurren desde el almuerzo hasta la vespertina hora del café. En ese rato la plaza quedaba semi vacía: un solitario transeúnte despistado o algún obrero que trabajaba en las cercanías y venía a comer su bocadillo relajadamente, sentado en un banco, resguardado a la sombra de un frondoso árbol. La flamante visitante del parque era una desconocida, ningún lugareño la había visto antes por aquellos lares, ya que, de haber sido así, no habría pasado desapercibida, pues una belleza como esa, nunca deja indiferente a quién la admira. Nadie conocía su nombre, mas se llamaba Pandora.
Todo el afán de la chica consistía en caminar circundando la escultura. Después reposaba a sus pies mirándola, sin hablar jamás con nadie de los que por allí pululaban. Desde hacía unos meses, diariamente recorría el mismo trayecto y realizaba idénticas acciones, siempre cerca del coloso y, como si de un dios se tratase, lo idolatraba. Era tan hermoso, tan reluciente... Se veía allí arriba terriblemente solo, inalcanzable, desamparado. Cada jornada lo adoraba más. Se abrigaba con el calor que la figura emitía; un calor falsificado, ya que este se limitaba a reverberar los rayos de sol que chocaban contra el bronce con que estaba fabricado. Ilusa, Pandora pensaba que la poderosa imagen le regalaba su calidez a ella en exclusividad. Que sólo refulgía en su honor. Cuán equivocada estaba. Desde abajo le clava sus negros ojos, mirando arrebolada hacia su ídolo amado. Le relataba sus pesares, la soledad en que vivía en esa patria inexplorada, la añoranza de su tierra, sus cuitas y desvelos, su naciente amor hacia él… La mente inocente de Pandora creó un ficticio mundo de sueños, en los que ella era predilecta y especial para el prócer dorado. Él era su príncipe poderoso y bello y de ella, humilde e insulsa, había quedado prendado. La incauta, poco a poco, entre tanto oneirismo, fue perdiendo la cordura, mas, pensaba que los locos eran los demás. Como esos niños crueles, de sonrisas desdentadas, en caras de querubines, que se burlaban de Pandora, mofándose de sus excentricidades y rarezas, mientras los padres, permisivos, aplaudían las gracias de sus infantes.
El coloso, entre tanto, coqueteaba con todo lo que atinara a observarlo, mostrándose cada vez más orgulloso y engreído. Flirteaba con las palomas, halagándoles la blancura de sus alas, reía con las golondrinas que en su mano anidaban, besaba a la lluvia cantarina que lo purificaba en otoño, arrastrando con ella el polvo acumulado durante el seco estío. Adulaba al sol para que gratuitamente lo bronceara e instaba a la luna a acicalarse en el brillo metalizado de su cuerpo como si en un espejo se reflejara.
Pandora, noche tras noche, fue languideciendo, entre celos, indiferencias y desaires. Pero negaba la evidencia y perdonaba a su enamorado mil desdenes. Mas eso no la eximia de marchitarse, ansiando la atención del ingrato.
Un día, una nube oscura y mandona que el paisaje celaba, se apiadó de Pandora, que, de tanto amar sin ser correspondida, durante el duelo perdió el color y el lustre de su semblante. Tocando arrebato la nube convocó a sus camaradas y todas al unísono formaron una tempestad repleta de venganzas. Encorajinadas invocaron la presencia de los elementos: el viento del norte, con su aliento helado, la lluvia con su azote de nueve colas, los truenos coléricos repletos de furor, los relámpagos clamando la soberanía del cielo sobre la tierra. Todos juntos una renegrida noche, el infierno desataron sobre el solitario parque. La orquesta de luces y sonidos se volvió ingobernable.
Tras horas de abatirse en desconcierto sobre el vergel, la paz retornó a la plaza. Al rayar la aurora, un destello de sol comenzó a fulgir y aceleró la huida de las plomizas nubes que restaban. Ya con la luz despertando al día, se percibió el desastre que la naturaleza enfurecida había ocasionado. Todos observaron como el poderoso coloso en el suelo yacía, malherido y roto, ni un asomo de lo que fue. Hasta el matiz dorado se había desprendido, despojándolo de su estofa.
Días después, los funcionarios municipales tras reparar los desperfectos, colocaron sobre la peana una nueva esfinge, esta vez un cuerpo de mujer vestida de mármol níveo.
A Pandora nunca más se la vio por aquellos parajes. Quizá la envolvió el viento entre sus helados brazos y la devolvió a su tierra. Aunque algún abuelo miope, al alzar la vista al cielo con ojos brumosos y mente senil, fantasea con los ojos de alabastro, asegura que tienen la misma mirada de aquella chica desconocida que hace un tiempo visitaba el parque y de la que nunca más se supo por aquella ciudad. Desde entonces rebautizaron el parque y ahora lo llaman el jardín de “La dama nívea”.
Como todos los ídolos,
por mucha purpurina que se unten
suelen terminar embarrados.
De nada sirve el orgullo,
ni mirar a la gente de soslayo,
al final un simple viento
en su merecido lugar los deja destronados.
©Trini Reina