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Estampa de noviembre

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El lugar está sembrado de estatuas: semblantes petrificados en la perpetua ausencia, cicatrices que el mármol no remedió, lágrimas del siempre; severos bustos de ídolos que del espanto huyeron para acabar postrados ante el más arcano de los pavores; damas de senos atravesados de musgos y olvidados del calor germinal de amadas manos; serafines de prófuga mirada y candor desubicado; esquinas que el sol desdeñó, panteones ignorados que, acaso, noviembre inscribirá; jarrones agrietados, palmatorias y flores engarzadas en el sacrificio...

Entre los parterres lineales del recinto, centellean las raíces de la soledad, mientras una legión de cipreses centinelas son de esta umbría, traspasada de cruces y muerte.

©Trini Reina
Octubre 2010


Imagen tomada de la red

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31/10/2010 19:24. Creado por Trini Reina #.

Estampas

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Tarde de Abril

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Un capote de nubes enluta la tarde, tan azulada minutos antes. Aún no llueve, pero ya clamorean los truenos en la lejanía. Algunos niños vocean en el soportal, disputándose la pelota, emulando a sus jugadores favoritos. En casa duermen una siesta pasada de hora y el vecino de abajo escandalosamente estornuda. El tráfico disciplina al asfalto, recién restaurado, y el viento goza soliviantando ramas de árboles, autóctonos y exóticos, del jardín frente a la ventana. Asomada a ella, observo a los gorriones, que caminan a saltitos, picoteando algunas migas de pan que les arroja la viuda de la buhardilla. El espíritu se confabula con el entorno y un deja vu me traslada a un escenario enmarañado a los caireles de la memoria.
Tarde de abril. Desde mi atalaya la calle es platea donde desfilan, irrepetibles, los instantes de la vida.

©Trini Reina
Abril 2010


21/04/2010 20:48. Creado por Trini Reina #.

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Momento

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Pasa la tarde arrastrando sus sandalias grises. Llueve, y eso no nos extraña ya en esta tierra, de donde se ha exiliado la sequía. Dicen que alguna vez nos hostigaban los anticiclones, pero la memoria es delgada en ocasiones y parece que nos nacimos en la tormenta.
Crepita el silencio, si exceptuamos el rachear de las ruedas de los coches sobre el asfalto desbordado, y ese sonido me sirve de acompañamiento, mientras leo, voz a media altura, poemas de Ángel González.

Allá, traspasada mi ventana, los pajarillos, acaso gorriones, reservan sus alas empapadas de la intemperie (aunque difícilmente lo consigan), y cruzan el cielo otras aves más audaces, en pos de las marismas.

Alguien sale desde su casa a la escalera, dando un portazo, y baja a saltos, de dos en dos, los escalones, rasgando así la momentánea serenidad que me mecía.

©Trini Reina
Marzo de 2010
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09/03/2010 08:01. Creado por Trini Reina #.

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Vive...

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Vive.

No sé cuántos octubres se sientan en su espalda. Y no existe sistema que mida sus desventuras, pero deduzco que fueron tantas, que unidas vestirían de gris al arco iris.

La naturaleza la dotó de poco volumen, ajustada belleza y extensa voluntad. Voluntad que se fue apagando, llama a llama, a fuerza de reveses. En la penúltima reyerta, la mente se le distrajo y en el semblante le quedó la ausencia delineada; mas su mala estrella nunca entendió de banderas blancas ni hojitas de olivo, y en sus contornos continua desorbitada.

Vive
La vida no cesa de asaltarla, pero a ella tal animosidad ya se le escurre por las enaguas.

©Trini Reina
Octubre de 2009

06/10/2009 07:26. Creado por Trini Reina #.

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Presencia de ausencia

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La cerradura es un cascabel bronco que hace eco en las esquinas. Alguien penetra en esta tumba de ahora, que tanta vida tuvo antaño. Las huellas de un ser que se duele ante el atroz vacío que le recibe, dejan marcas en las losas empolvadas. Unas lágrimas sin venia caen, a manera de salina cellisca, sobre ellas.
¡Qué helor reina en el hogar! El aire viciado que lo ocupa tirita de insonoridad. Los muros perdieron perfiles y se resienten. Los aposentos exudan humedad, y las ventanas, al sol cegadas, gimen al compás de los cristales destronados. Un halo impaciente recorre la cocina. Allí se apolillan los utensilios que olvidaron la luz del agua. Los visillos imperceptiblemente se mueven, como si una mano sin materia los acariciase, en un inútil afán de que el calor del día vuelva a penetrar en la frialdad imponente.

Huye, asaetado por la soledad, el visitante, quebrado el respiro. Y cierra tras de sí las puertas de la casa malherida. Nunca fue tan consciente de que aquella que le dio la vida ahora sólo es ausencia.

©Trini Reina
Septiembre de 2009

21/09/2009 07:30. Creado por Trini Reina #.

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Amanecida

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Observo al día que flamante nace -ahora tan nuevo, y viejo en horas-
Pregunto al rosicler qué traerán hoy sus nubes desvaídas, pero el silencio es respuesta que ni resta ni otorga. El aire promete alivio en este verano que caduca y es una delicia su límpido aroma. Los sonidos son distintos que ayer y, sin embargo, afines. El jardín languidece un punto más, añorando una lluvia salvadora. Ante mis ojos embargados una hoja cae en su temprana muerte.
De la noche y sus desvelos sólo queda un recuerdo ingrávido. Tinieblas.
La inquietud virulenta, que en mi corazón se elabora, pierde tenebrosidad ahora que el cielo derrocha claridad sin remiendos de sombra, e intento fugarme del trémulo latido que al alma incomoda.

Observo al día que flamante nace, con un déjà vu que me desborda.

©Trini Reina
Septiembre 2009


07/09/2009 07:31. Creado por Trini Reina #.

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Postal de verano

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"El acordeonista" Pintura de:Muriel Marchand de Juliá

La plaza ardía de gente. Las terrazas no mostraban ni un velador desocupado; las tiendas, abiertas eternas horas, ofrecían sus mercancías; la heladería presentaba un lleno absoluto en ese medio día estival y enrojecido. El músico callejero tocaba, a pleno sol, su acordeón adormilado; de vez en cuando, disimulando, se acercaba a la risueña sombra de una buganvilla, para volver sobre sus pasos. La gente, yendo y viniendo, charlando, riendo y hasta vociferando para hacerse oír en medio de tanta algarabía. Apenas un niño prestaba atención a los acordes de esa melodía acuchillada. Sus ojos eran ascuas, y su pelo bermejo, al son del poniente y la música, se movía. Me pareció tan minúsculo y atento como esa rosa que brotaba, solitaria, en el parterre pétreo de la esquina.
Toda mi curiosidad se posó en aquella escena, dividida entre el ajetreo del gentío y la cápsula que la música tendió sobre el cielo del niño.
Tras interpretar varias piezas, el músico, quitándose su gorra desteñida, por la sal y el tiempo, pasó de velador en velador y alrededor del brocal de la fuente pidiendo alguna propina para su destreza. Sólo el niño, aún fascinado, en la contrapuerta de la heladería, renunciando a su helado, donó la moneda que portaba a la boina tan humilde y vacía.

©Trini Reina

27/07/2009 08:01. Creado por Trini Reina #.

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Remembranza

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¿Qué hacía ella allí? En aquél patio de vecinos semivacío, acompañando a aquella anciana casi ciega, sin nada que decir y ansiando volver a su casa; con sus muñecas acaso, con sus cuadernos quizá, con su retraimiento seguramente. ¿Dónde estaban los novios que tenía que “guardar”? La habían dejado allí, a la sombra de la abuelita, y marchado a algún asunto, ahora olvidado tras la cortina de los años.

Sintió cómo la incertidumbre galopaba por sus arterias y el silencio erigió un panel en su garganta ¿O era obra de las lágrimas reprimidas? Permaneció allí, sentada en una sillita baja de enea, acompañando a la viejita, tan muda como ella, en medio del gran patio. Al menos, a sus diez años, lo percibía kilométrico.

La anciana abandonó su hamaca y entró a la casa. Trasteó a tientas por ella y encendió la televisión, luego marchó hasta la mínima cocinilla y allí se quedó. Desde el patio, aunque no se veía, sí escuchaba el Telediario de la noche. Hablaban de que el hombre había puesto, por primera vez, un pie en la luna…

La niña, entonces, elevó sus asoleados ojos al cielo nítido de julio y allí, serena, irradiaba Selene ¿Fue la primera vez que tuvo plena conciencia de ella? Nunca la había mirado con tanta profundidad y anhelo. Distinguía sus manchas, montañas, le parecían tan distante y minúscula. Por primera vez en esa tarde-noche, no se sintió fuera de lugar y perdió la sensación de desamparo, mientras buscaba al hombre que paseaba por la luna, con la esperanza de divisarlo, desde la oscura planicie del patio.

©Trini Reina
21/07/2009 13:45. Creado por Trini Reina #.

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Momento ( Para el aula)

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Saviola me mira desde su jaula. Si me ve, no alborota, parece que teme a la soledad. El sol araña la ventana con la fuerza de las cuatro y bajo las persianas. Sobre la mesa el cuaderno, un bolígrafo, las gafas y unos folios con poemas de Felipe Benítez Reyes, al que leo. La media luz en que queda la estancia me da sueño y cierro los ojos. Tumbada en el sofá, intento sestear un rato. Al instante, los pensamientos me asaetan y Morfeo huye, no soporta la feria sin música de mi mente. Tomo el cuaderno y releo “el poema sobre la servilleta”, la travesura literaria de Jabo.

Escribo y tacho. Tacho y escribo. Rebusco en el seno donde se gestan las palabras y opto por cambiar la mayoría de los versos. El poema que resulta expresa lo mismo, pero suena y sabe diferente. El punto final me libera.

Alguien trastea en la cocina y hasta mí llega el aroma del café. Me levanto del sofá -cada vez más hundido- y voy a por una taza.


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*Saviola: mi agaporni
*Jabo: mi profesor de poesía

Trini Reina

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27/02/2009 07:10. Creado por Trini Reina #.

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Escenas de diario VI

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La mañana enarbolaba la bandera más ancha del invierno.

Yo, caminaba lo más deprisa que me permitían mis pasos. Tras de mí, oí un vigoroso repicar de tacones. Ella me adelantó por la derecha. Marchaba con cálida viveza. En sus brazos portaba un robusto bebé, completamente enfundado en un anorak con gorro. Me sobrepasó en un vuelo y la perdí, cuando se adentró en el supermercado. En esos momentos me trasladé a mis treinta años y sentí una fugaz envidia al comprobar que nunca más poseería ese brío, ese ímpetu para lucha cotidiana. Clavé los ojos velados en mis pausados zapatos de ahora.

No soy dada a revolverme en la miseria, así que me sobrepuse al instante. Cuando levanté la mirada, me enfrenté con la encorvada figura de Aurora. Al llegar a mi altura, hizo un stop en su carrera y con voz extrañamente cantarina me dio los buenos días, a la vez que mostraba una sonrisa descomunal, para su pequeña y octogenaria cara. Sin más, continuó la escalada hacia el Centro de Salud, apoyada y empujando un andador de dos ruedas.

En un espacio de veinte metros, me encontré con el antes y el después de la vida y hube de juzgarme afortunada, por sobrellevar, a pesar de todo, airosamente mis achaques. Sonreí, desde dentro a las afueras, paladeando una felicidad ruborizada...

©Trini Reina

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05/02/2009 07:21. Creado por Trini Reina #.

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En la calle...

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Traspasa el frío los huesos,
pero inflama los corazones.
¡Cuánta bondad en el gesto!
De éste amor sin condiciones.

©Trini Reina

03/12/2008 22:59. Creado por Trini Reina #.

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Escenas de diario V (Otoño)

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Amanece, silba irascible el viento, espoleando la arboleda ornamental que desde hace años me alegra la vista y la vida. Las palmeras, afinadas, se sacuden a compás, mientras el abeto, en su altura, oscila, amenazando quebrarse. Su fronda danza, dispareja, como si no perteneciese al mismo tronco. La hiedra, serenamente bebe; sólo sus ramitas más atrevidas se prodigan al aire y el sauce sueña con seguirlo en su rolar. Toda la escena es en un baile verde de hojas y ramas.

Llueve. A lo lejos ruge la tormenta, acercándose. El agua forma espuma sobre el asfalto y, al paso de los coches, remeda sin suerte a las olas.
Un rayo cae -sable dislocado- y abre brecha en este cielo de plomo. Truena, arrecia la lluvia. Las hojas muertas nadan en los charcos y algunas, instigadas por el poniente, ensayan un vuelo efímero, para volver a derrumbarse en su tumba de agua.
Las persianas crujen ante el continuo flagelo y los cristales se opacan de lágrimas. Las farolas, acaso engañadas por el oscuro cariz del día, permanecen encendidas.

El café se enfrió en la taza. Hace rato que observo, a través de la ventana, la faz de este sábado con atuendo de otoño. El autobús de las nueve se retrasa.
Sobre el pecho, un pellizco de melancolía.

©Trini Reina


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18/10/2008 07:59. Creado por Trini Reina #.

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Tránsitos

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Rodeada de un jardín que frecuentó mejores primaveras, la casa vacía gime, como Julieta rechazada.

Crepitan los guijarros de la entrada, desacostumbrados al peso de los pasos, y protestan los goznes en la puerta enmohecida. Un hálito viciado recibe a quién un día fue dueño de las llaves. Desde fuera, las ajadas ventanas, sin la caricia de los visillos, semejan cuencas ciegas. Se percibe el dolor de las paredes, gritos que nunca descifraremos, y la huella que dejaron los espejos expoliados, la mirada martiriza.

Agazapada en el raído sofá, dormita la soledad, cansada de su reinado sempiterno. Sobre la destartalada mesa, los papeles amarillentos nos cuentan una historia apulgarada.
En el dormitorio los sueños se desperezan sobre el esqueleto de la cama y al antiguo morador, al presagiarlo, le crujen de humedad los huesos.

El sol penetra a través de las lágrimas de los cristales y las sombras se persiguen, tropezando en los rincones... desquiciadas.
Las arañas hilan encajes en las destartaladas aspas de la lámpara y fundidas, las bombillas, emulan estrellas muertas.

En el aire, un leve aroma de consumidos tiempos, la estela de amores gozados y destruidos, un reverberar de niños apurando la infancia; el eco de voces y risas que emanan desde las entrañas del pasado.
Por los pasillos desfila la ausencia, tocada de pardo velo.

Él transita cada espacio memorable, sus dedos se demoran en los tabiques desconchados y los recuerdos se desfondan en cascadas. El polvo lo envuelve todo y en el corazón exiliado de quién con nostalgia lo contempla, la sangre, por un instante, se torna ceniza.
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©Trini Reina

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01/09/2008 15:31. Creado por Trini Reina #.

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Escenas de diario IV (Agosto)

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Los jazmines, exhortados por el sol de la mañana, exhalan su fragancia, que se mezcla con el olor de la tierra sedienta que alguien acaba de regar.

Al trote marcha un perro de raza indefinida. Va sin resuello, la lengua fuera, jadeante. Al cruce surge una chica que acude a trabajar. En sus andares se adivina la escasa alegría que promete la obligada cita. A lo lejos dos señoras suben, a paso cansino, las escalinatas de la iglesia.

Los obreros se afanan por terminar las labores en la solana y así, a mediodía, conquistar la sombra.

Algunos árboles cercanos, barruntando el otoño, ya exhiben un amarillo temprano en sus ramas y, a los pies, muestran una alfombra incipiente de hojas muertas.

El pecho descubierto, aceitado, y más bronceado que San Lorenzo, un señor, recién traspasada la cuarentena, corre. En las manos porta dos pesas deportivas. No puede más, aminora la carrera, suda y boquea, intenta reanudarla, es imposible, a duras penas acepta su derrota y busca el camino más corto hacia su casa.

Las nueve de la mañana. Las campanas repican a misa matutina. En el parque contiguo los jardineros se esmeran con el césped y al aire, hoy de Poniente, lo hiere el penetrante aroma de la hierba segada.

Recién amanecido el día y ya se ciñe su tórrida vestidura de agosto.
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19/08/2008 07:44. Creado por Trini Reina #.

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Gota de silencio

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También editado en: A la Intemperie

Estaba inmóvil.

Alrededor todo era color y sonido: los gritos de los niños, la elevada y pegadiza música que los atrae a las infantiles atracciones de Feria, el murmullo de hartazgo de los padres, el roce de los cascos de caballos en el pavimento, las voces de los cocheros, el reclamo del pregonero de la tómbola, conquistando a la cándida clientela, la orquesta del circo que anuncia el comienzo de la sesión de tarde, el ir y venir continuo de gente que ríe y se comunica a gritos, a causa del bullicio natural del festejo, los tonos de los trajes de gitana, que por sí solos son un alarido de color, el cielo, que al fin abandonó sus grises y se engalanó de azul…

Y ella... tan silenciosa, como contraste.
Una herida de gastada purpurina en plena calle tomada por la fiesta, afanada en conquistar la atención del gentío, que se ve superado ante tantos eventos donde posar la mirada.
Trini Reina

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21/04/2008 07:56. Creado por Trini Reina #.

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Escenas de diario II

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I
El corazón, que nunca le bailó por amores, de vez en cuando se burla de él y le muestra, sin compasión, los harapos de la parca. Aunque aún es joven, se decidió, más por necesidad que devoción, a usar, en sus breves paseos, un rústico bastón que le hace más llevadera la obligada caminata. Nunca lo he visto despojado de sonrisa y la soledad, ésa con la que habita desde hace eternos soles, parece que no le pesara.


II
Un chico, con ropa de trabajo y talante maldispuesto, regula el tráfico, mientras los compañeros adecentan el asfalto.
El conductor del microbús que transporta a los ancianos al Centro de Día se impacienta con los obreros, mientras los abuelos, desmayada la mirada, se asoman a las ventanillas del auto, quizá agradeciendo ese inusitado incidente en sus rutinarias jornadas.

III
Un niño, casi tan grande como su mochila, de mala gana se allega al colegio y en su mirada se adivina la súplica sin palabras que dedica a la abuela, que amorosamente aferra su mano. Otros niños corren, atropellándose entre ellos, pues ya suena la impertinente campana.
Otros días en que por allí paso, unos minutos más tarde de la hora de entrada, me aturde el descomunal silencio que se mastica en la calle, deshabitada ya de chiquillos.

IV
Tres confiados gorriones sacian su sed en los surcos de la acera regada y, al presentir mis pasos, elevan el vuelo alcanzando las ramas más altas de un naranjo blanco de azahares, para volver a descender en cuanto se sienten libres de mi presencia amenazante.

V
Un señor, rondando los setenta, con pantalón amarillo como sol en acuarela, me da los buenos días, mientras se adentra en su casa en la que un perro, diminuto y mal encarado, a desgana le saluda. Tras de sí, deja una estela de perfume caro y empalagoso, que choca con el aire límpido de esta hora, recién clausurada la amanecida.

VI
Hoy corre viento de levante, y en las azoteas la colada a su son se bambolea, como banderas en un largo y refinado mástil. La familia de palmeras que adornan la rotonda agitan sus palmas, mientras los racimos anaranjados de dátiles maduran al tibio sol de este invierno que remeda primaveras.

© Trini Reina

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26/03/2008 21:29. Creado por Trini Reina #.

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Impulsos

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Se conocen desde hace años, aunque se han visto y saludado casualmente. Hoy es uno de esos esporádicos días.

Ella permanecía sentada y él se acercó por detrás.“ ¿Me das fuego?”, dijo. “Por supuesto”, con afable sonrisa contestó ella a la vez que le ofrecía el cigarrillo encendido. En ese momento, él, alargada la mano, se quedó inmóvil. “¿Qué sucede?”, inquirió ella, en sumo extrañada. Y él, con cara de bobo, respondió: “Nada, son tus ojos...”.“¿Mis ojos?”, preguntó ella sin dar crédito a la escena. “Sí, son muy bonitos, nunca los había visto tan de cerca”...

Por la reacción sorpresiva de ambos, creo que en ese intervalo, a la par, envidiaron a los avestruces.

©Trini Reina

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29/02/2008 07:37. Creado por Trini Reina #.

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Escenas de diario I

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El celador, desplegada la paciencia, acentuada la ternura, acomodaba sus pasos a los de ella, que, asida a su brazo, bajaba la escalera interna del hospital como si fuese la escalinata de un fantástico palacete. Descendía lentamente, demorándose en cada peldaño, no sé si porque sus regordetas y castigadas piernas no le permitían ir más deprisa, o porque ésa era la primera vez que caminaba del brazo de un hombre y la ilusión le podía.

Matilde, que así se llamaba, llevaba mal abotonado el pijama (que en pretéritos tiempos fue azul y ahora apenas llegaba a un celeste indefinido). Esto le hacía parecer que tenía un hombro más alto que otro, dándole un aspecto grotesco. Pasaba de los cuarenta años, pero su mente se había paralizado allá en los ocho. Traía el pelo alborotado sobre la frente y sospechosamente aplastado en la nuca, como si no hubiese conocido peine en varios días. Sobre el labio superior lucía una promisoria pelusilla y los ojos eran de un común pardusco, pero, no sé si en honor a su acompañante, se veían lustrosos y saltarines.

Mi curiosa mirada los acompañó en su desfilar hasta que los vi adentrarse en una de las salas que se abren al interminable corredor.

Pasados veinte minutos tornaron, marchando con parsimonia. Ella, con palabras entrecortadas, se quejaba de la torpeza de sus piernas; él, le preguntó si quería tomar el ascensor, y a Matilde le faltó tiempo para, agitando insistentemente la cabeza, con rotundidad negarse. Anhelaba prolongar ese momento feliz que atemperaba en algo la monotonía de sus solitarios días de ingreso hospitalario. “No, no, subamos por las escaleras”, la oí decir mientras que él, solícito, derramando agrado, atendía su requerimiento.
© Trini Reina

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14/02/2008 08:12. Creado por Trini Reina #.

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Alba de invierno

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Calle de mi pueblo. Fotografía tomada de Internet

Me gusta caminar por las calles de mi pueblo, a solas, en la alborada, cuando compite la luz de las farolas con la tersa claridad temprana.

Observar, como la remolona luna, que se niega a irse a la cama, platica con una estrella de aristas blancas ¿Qué secretos se dirán? ¿Qué misterios, qué hazañas? Que bonito luce el cielo, cuando incitado por el sol, el azul se intensifica y avanza.

El gallo homenajea al nuevo día y, elevando su cresta, canta. Mientras en los árboles cercanos gorjean los gorriones, en sus alcobas de ramas.

Me gusta caminar por las calles de mi pueblo, a solas, en la alborada, cuando compite la luz de las farolas con la tersa claridad temprana.

Y mientras me recreo en este deleite, en este sereno paisaje que hermosea mi mirada, me pregunto que suerte nos reservará este fecha, de azulenca estampa, que de momento abre sus puertas; esplendente, álgida y callada.

©Trini Reina


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19/12/2007 09:38. Creado por Trini Reina #.

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Cascarrabias

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El estrecho y largo pasillo estaba salpicado de camas. A esa hora solían bajar a los enfermos desde sus salas a la zona de radiología para realizarles las pruebas requeridas por los distintos especialistas. De ella sólo distinguía su cabeza, despeinada y salpicada de canas, desmayada en la almohada. Él la acompañaba de pie al lado derecho de la camilla. Reparé en ellos precisamente cuando él comenzó a elevar el tono de voz. Decía: “El niño anoche reía a carcajadas por algo que veía en la televisión. Le tuve que decir que dejara de hacerlo, que si no le daba vergüenza, que su madre estaba ingresada en el hospital y él allí como si nada, partiéndose de la risa por cuatro pamplinas… Y, claro, se acostó tarde y ahora, que debería estar aquí, no hay quien lo levante. Mira, yo, desde las seis de la mañana en planta. He recogido la casa, me he duchado, vestido, desayunado… y aquí estoy, como debe de ser, y tu hijo allí, dormido tan campante. Y la otra…, ésa dice que no viene hasta que no deje al hijo en el colegio; le he dicho: deja que se vaya él solo, que ya es mayorcito, pero nada, ni caso. Y la mayor, ésa, ésa es la que más obligada está a estar aquí contigo, que para eso es la mayor, y mira, aún no ha aparecido”…
Con cada palabra el hombre iba alzando, más si cabe, la voz y, a la vez, se le ensanchaban las venas del cuello, mientras paseaba, irritado, de norte a sur de la cama… La mujer, con una voz que parecía le brotara del rincón más hondo del alma, y es que para una madre no hay nada que la hastíe más que oír despotricar contra los hijos, sean más o menos culpables de todo o de nada, preguntó, como ya digo, más con un balbuceo que con palabras hechas: “¿Ya son las diez?” A lo que él, a punto de ebullición, contestó casi gritando, “¿Las diez, las diez?, ¡Y mucho más de las diez…!” En éstas, alzó su brazo para mirar el reloj y añadió: “son… las nueve y cuarto”. Y fue entonces que lo vi desinflarse, como un globo, por un alfiler mordido.

© Trini Reina

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11/06/2007 09:07. Creado por Trini Reina #.

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Toma mi mano...

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La acera está sembrada de naranjos en flor. En la esquina opuesta, un árbol, del que desconozco su especie, destaca por su soledad. Es un árbol nuevo, de poca alzada, sus ramas refulgen, cuajadas de yemas y hojas de un color verde joven. Está amaneciendo y la luz de la farola aledaña se posa en su copa, dándole un toque esplendoroso, a pesar de su pequeñez. Solo…

Un caracol de oronda y bruna concha, escala lentamente una fachada encalada. En toda la nívea e inmensa pared, no hay otro. Lánguidamente, se arrastra dejando el viso de su rastro en cada milímetro avanzado, como una señal, por si acaso, algún hipotético hermano se decide a imitarlo. Solo…

Desde unos contenedores de basura, surge un gato que se cruza ante mí. Es un felino escuálido, al que su piel blanca, hace parecer más fantasmal aún. Al sentirse a salvo, ya en la acera, se sienta solemne a verme pasar. Solo…

Canta el gallo, hoy no sé si por casualidad, ningún rival del corral lo secunda, en ese instante me percato de que, en los quinientos metros, aproximadamente, que llevo recorrido, no me he cruzado con ningún ser humano. Ya próxima a mi lugar de llegada, allá en la lejanía, bajando por la calle peatonal, diviso a un ser caminando, que debido a la distancia, más parece una sombra… Solos…

Y al llegar a destino, pienso y me digo: soledad, hoy es tu día, toma mi mano…

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29/03/2007 18:26. Creado por Trini Reina #.

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La sonrisa autónoma

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Caminaba aprisa, siempre lo hacía así, como si fuese a llegar tarde a todos lados. Caminaba cimbreándose, parecía que de un momento a otro se rompería por el talle. El día lucía luminoso, de un azul profundo de primavera. Ella se sintió intensamente feliz y, mientras se acercaba a su destino, cavilaba sobre el motivo de esa extraña felicidad. Quizá la primavera, a la que faltaban unos días para nacer en el calendario, ya había nacido en su alma.

La gente la saludaba al pasar y ella devolvía acrecentado el saludo. Dos obreros que desayunaban, sentados sobre una pila de ladrillos, le lanzaron un requiebro desde el segundo piso de un edificio en construcción, que ella, enajenada, no atinó a descifrar; pero que desató en su rostro la sonrisa.

Una amiga la detuvo un instante para interesarse por su salud, departieron unos minutos, reemprendiendo a continuación cada cual sus opuestos caminos. La sonrisa, que no había desaparecido mientras charlaban, seguía emitiendo destellos. De repente lo vio venir, se acercaba, tan serio y tan acompañado como siempre, y ella intentó ocultar esa insolente sonrisa que se negaba a velarse. Lo intentó con todas sus fuerzas, pero la risa se resistía a desaparecer, hasta el punto que a ella le dolía ya el rostro. Al cruzarse, él se hizo a un lado para dejarla pasar, mientras se daban los buenos días, y ella pensó que él creería que ese gesto le estaba dedicado; pero la verdad es que aún está reflexionando sobre el porqué de aquella autónoma sonrisa que, sin motivo certero, se derramó en su boca esa precisa mañana que azuleaba en las afueras y que durante un rato también lo hizo en sus adentros.

© Trini Reina


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16/03/2007 07:25. Creado por Trini Reina #.

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Mañana de Navidad

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En esta alborada,
gélida como ninguna,
la carita helada
muestra la luna;
y el color quebrado
de pálida bruma.

Paciente, aguarda al sol,
al que surgir plantea dudas,
mientras platica con una estrella
de márgenes de espuma.

Y yo, que en soledad camino,
tocada de premura,
elevo los ojos al cielo
y arrebatada quedo
ante tanta hermosura.

©Trini Reina

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25/12/2006 10:11. Creado por Trini Reina #.

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Noviembre

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Agoniza noviembre. Apenas unas hojas en los árboles suspendidas, a las que para rendirse les basta el afligido beso de la brisa.

Lágrimas a manera de lluvia, con indolencia el celaje dosifica.
Como un lento padecer que en el tiempo se eterniza.

Gélidas son sus alboradas. El viento, sin piedad, barre las calles marchitas, que ostentan soledades, al franquear cualquier esquina.

El sol oportunidad no tiene de relumbrar esplendoroso ni a mitad del día; más parece un remedo de luna llena, con esa palidez tan fría.

Y qué cortas son sus tardes, pues, con prisas, la noche acude a su cita. Apenas una tímida estrella por error se asoma entre una trama de nubosidad tupida.

Agoniza noviembre. Y todavía, en sus últimos estertores, continúa destilando melancolía.

©Trini Reina


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29/11/2006 08:07. Creado por Trini Reina #.

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Llueve...

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Llueve…
En esta tarde de otoño, agrisada y blanca, diluvia, como si la lluvia se estrenara. Llueve, a chaparrones furiosos e intermitentes que, no conceden ni un segundo para abrir el paraguas, y en el pelo, como si fuese escarcha, una miríada de gotas, refugio hallan. Luego, tras besar la frente, resbalan por la cara, a manera de, indoloras lágrimas.

Lágrimas que son de las nubes, y quizá, por la pérdida, ellas sientan lástima. Mientras la tierra, que recibe el regalo, saciándose, toca palmas.

Cuando atinas a cubrirte, cuando al fin, despliegas el paraguas, parece una burla pues, de repente, escampa. Y mirando hacia el cielo, extrañada, continuas el paseo, por tu soledad acompañada, gozando de la desapacible belleza, de esta tarde de otoño; tibia y reposada.

©Trini Reina


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24/10/2006 18:54. Creado por Trini Reina #.

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Enamorada de la vida...

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Hoy, al despuntar la alborada, cuando camino casi en soledad por las calles aún en penumbras de mi pueblo, cuando nadie me ve…, o eso espero, me declaro, un grado más que ayer, enamorada de la vida.

¡Que bien huele la brisa en esta párvula hora! Parece que la savia de todos los jardines inundase mis pulmones. Hoy, no se divisa la luna, estará cansada de su trasnochar y se retiró antes del alba a sus aposentos, o, quizá, se fue a observar otros paisajes, curiosa como es. Sí, allá en el cielo, me hace guiños la carita esplendente de un lucero que se resiste a dormir, y alguna que otra estrella rezagada. A lo lejos, sobre la ciudad, el horizonte se dibuja un tono más oscuro y tras de mi, comienza a desplegarse el día, parece que con cada paso que doy, propicie la huida de la noche.

Y así, en esta soledad tan bella, por ser gozosa, a veces, como hoy, me descubro, insensata, ofrendando besos al aire, besos, enalteciendo gracias por esta energía, descienda de donde descienda, que me custodia. Besos de amor, de este amor incondicional que siento por la “Vida”…
©Trini Reina

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30/09/2006 19:14. Creado por Trini Reina #.

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Soneto para un cuadro

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Despliega el crepúsculo sus colores
Sombreando al infinito de dorados.
Un árbol, que al ocaso brinda amores,
Queda ante tanta belleza extasiado.

Flamígera, la tarde loa honores
Al bosque de hermosura coronado.
Adiós, musita el día, cerrando flores.
Ostenta la noche astros azulados.

El sol marcha a su nocturna morada,
Rendido por esa luna impaciente
Que lo adormece cantando baladas.

Cabalgando irrumpe la madrugada.
Y la fronda suspira complaciente,
Por esta primavera adelantada.

© Trini Reina
Autora de la pintura:Isa


02/06/2006 22:38. Creado por Trini Reina #.

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Mañana de primavera

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A lontananza, allá en el cielo que recubre la ciudad, asoma un sol neonato y pujante que avanza rompiendo nubes. Colgar allí los ojos y deleitarse en los matices que hoy nos  regala  la naturaleza, es un beso para el espíritu. Probablemente la urbe, ya bullirá de idas y venidas. De gente atareada en cumplir las devociones y deberes que les marque la jornada; pero en  el  pueblo, parece que remoloneara el día... No  se escuchan perturbadores ruidos a esa hora tan temprana. Tan solo susurra  un reparador silencio, quebrado por el porfiado canto de los gorriones, jilgueros y algún mirlo que, despiertan en esta amanecida, que fulgura  primaveras.

Silenciosa, una mujer camina, paladeando los detalles; los gratos pormenores que le entrega el día. A su derecha, desde los naranjos distribuidos a metros parejos sobre los parterres  de la acera,  a su paso,  cae el azahar maduro; impulsado por la brisa. Sus ávidos ojos, siguen el camino desde las ramas del árbol hasta suelo que dibujan los blancos pétalos. Semejan una cálida y fragante nevada. A bocanadas, la mujer, se bebe el límpido aire que la rodea. No se divisa a nadie en todo el largor de la estrecha calle…

Al poco, desemboca  en la avenida que la llevará al  destino de su paseo, y allí, se cruza con un perro de grandes orejas, que roza con su pelambre la larga falda de ella, que, el viento ha comenzado a bambolear. Tras el animal camina un hombre: su dueño. Éste, viste barba rala y entrecana, y en el semblante, aún se le adivinan los estragos del sueño; o tal vez, de una plomiza noche de insomnio.  Es un desconocido, hay tantos foráneos en el pueblo... El hombre, con voz tenue, acompañada por un gentil ademán, educadamente, da los buenos días, y ella, sonriendo ante la atención, poco común en estos tiempos; responde  al saludo, mostrando su mejor sonrisa.

En la orilla  izquierda de la calle, una joven madre, abrocha el cinturón de seguridad de la parte trasera del vehículo, a un niño de cinco años aproximadamente. Al lado de éste, un bebé, sentado en su sillita, especial para automóviles, llora desconsolado. La madre, en exceso agitada (se le caerá encima la hora  del  trabajo)  grita, e infiere amenazas contra  el crío, que, lejos de callarse, incrementa la llorera sin comprender la irritación maternal...
Nuestra amiga pasa de largo, esta vez no tiene palabras para saludar, y  sin poder evitarlo hace un gesto de incredulidad con la cabeza y masculla para si misma… No entiende donde llegaremos con estas prisas que nos empujan a vivir la vida con tan alto grado de aceleramiento, sin apenas condescender con  ella.

Un adolescente, ligeramente obeso, sale de su domicilio y casi colisiona con la mujer. Sobre la espalda, la mochila cargada de libros ¿los usará? y en la mano, un pan de leche que con fruición se lleva  a la boca y muerde.
El chico la contempla con la mirada baja y un mohín antipático en los labios. Ella le devuelve la ojeada, y piensa; qué estará urdiendo este mocoso. Y adelantándolo, continúa su ronda, con el chaval, que parece perseguirla, detrás.

A lo lejos, ve a una conocida, duda en llamarla para así pasear juntas. Si la detengo, recapacita, me perderé el goce de contemplar, hacia dentro,  esta preciosa mañana que apunta a un esplendente día.
La amiga, al cruzar de acera, la divisa a ella y se detiene, dispuesta a esperarla…

Se acabó el sosiego, ya no habrá en toda la jornada un minuto más para saborear estos instantes de paz que, la vida, de vez en cuando, sobre todo cuando sabemos verlos, nos confiere. Y qué afortunados son los que saben apreciarlos en su valía.

Acelera el paso para dar alcance a la compañera que pacientemente aguarda, y por última vez posa los ojos en el horizonte, allá sobre la capital.  Y ve como las nubes, por el sol vencidas, se han disipado, y éste, presumido, alarga sus rayos y se hace dueño del raso cielo.

 

©Trini Reina

 

 

 

 

 

03/05/2006 15:13. Creado por Trini Reina #.

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Mañanas de Marzo

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La noche se aclara, y las calles, a la luz, aparecen mojadas. Desde el cielo se desprenden lágrimas calladas.

No suena el viento, parece que no existiera. Tampoco se oyen, ecos de tormentas. El agua cae asperjada y lenta, desde los grisáceos cirros de la niebla.

La gente comenta, que hoy tardará en disiparse. Pues, parece persistente y gruesa. Y adornando sus cabezas descubiertas, lucen una miríada de gotas, que semejan perlas.

Sobre la densa capa de celaje, que amenaza unirse con la tierra, un sol que peca de vago, saca sus rayos a la puerta. Y con un tímido calor, propios de éstas fechas, colindantes con la primavera; poco a poco va masticando brumas, y secando aceras.

Lentamente abre su telón el cielo, el azul que extiende, parece una mullida alfombra, por donde desfila el astro rey, relumbrando y entonando trovas.

Mañana de neblina. Y tarde de soles y glorias. En los jardines germinan las flores y de la tierra la vida brota. La primavera a la puerta llama; alternando luces y sombras.

©Trini Reina

 

 

 

13/03/2006 20:35. Creado por Trini Reina #.

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