
Ayer hubo partido. Como cada quince días jugamos en casa. Esta jornada he invitado a venir conmigo a una prima, ya que mi habitual compañera en estas lides futboleras (mi hermana) está accidentada y no es plan de ir con muletas a un espectáculo de masas. Además que tras el bochornoso y deplorable espectáculo protagonizado hace unos años por unos hinchas impresentables con un bastón, éstas no están bien vistas en el estadio. Por lo tanto mi prima ocupó la localidad vacante. Mi prima es soltera de las de toda la vida. Tiene 51 años pero como sucede a las célibes aparenta menos edad y es que los hijos embarnecen pero envejecen.
El caso es que yo iba muy ilusionada por el hecho de pasar la tarde con mi prima que era la segunda vez en su vida que asistía a un partido. Me reía al verla gritar o palmear. Luego se volvía hacia mí y preguntaba ¿Ahora que pasa?. Yo respondía “fuera de juego” y ella ¿y eso qué significa? Y yo explicándoselo a mi manera. A los diez minutos ya íbamos ganando y el equipo tenía buena planta, el rival inquietaba poco. Todo transcurría apacible y controlado.
Mi localidad está justo al lado de la escalera de grada alta siendo mi butaca la primera de la serie. Ya avanzado el partido llegaron unos chicos de 15 a 17 años se sentaron en los peldaños en el hormigón pelado. Colindando conmigo,repartidos en la escalera. Uno, el más mayor de ellos allí mismo descaradamente se preparó un canuto, y el olor nos alcanzó a todos los que estábamos cerca. Alguien desde atrás gritó; huele a porro y yo en broma dije perdonadme es que no he podido evitar encender uno para calmar los nervios. Todos reímos.
Avanzado el encuentro el equipo marcó su segundo gol todos los aficionados saltamos de la butaca movidos por el resorte de la alegría, palmeando y gritando gooooool, para que no cupieran dudas.
Me senté y volví la cara hacía mi derecha y vi sentado a mi joven compañero. Pensé, este niño seguro que no es Sevillista, ya que yo veía a sus amigos aún saltando abrazados con la euforia en el semblante que produce un tanto del equipo propio, y él mientras allí estático en el escalón.
A esto, que el chico cruza su mirada con la mía y me asusté, tenia el rostro pálido y un gesto de dolor en la cara.
–¿Chico que te pasa? le pregunté.
Pobre niño de la emoción había saltado en un impulso seco y repentino que le pinzó la espalda y lo dejó sin respiración por unos momentos.
Me ofrecí a acompañarlo al puesto de la Cruz Roja, para que lo viera un ATS, el chico aceptó y bajamos los dos por las desiertas escaleras del estadio hasta la planta baja.
A pie del terreno de juego, estaban los de la Cruz Roja que se llevaron al chico hacia una habitación aparte para examinarlo.
Como yo no era familiar me dejaron allí fuera en la esquina del campo. Vi partir al chico y le dije
-Aquí te espero.
Y me volví hacia el césped a seguir viendo el partido. Acostumbrada como estoy a ver el fútbol desde las alturas en mi asiento de siempre, verlo allá abajo era distinto, se percibía todo tan cerca... más o menos como cuando miramos por unos prismáticos, ahora yo miraba por el visor de aumento. De pronto lo vi venir hacia mí, desde el centro del campo, subiendo la banda con el balón en los pies para centrar en el punto de corner y lanzar el tiro al área para que algun compañero atinara a meterla en la porteria contraria.No hubo suerte esta vez, el tercer tanto no subío al marcador. Pero yo me sentí extasiada al ver a mi idolo tan cerca.
Allí estaba yo frente a él, pasmada de admirar a “la bestia” . Semejante Adonis negro, perlado el rostro de sudor, el pecho aspirando e inspirando agitadamente por el esfuerzo de la carrera.
Pensé, parece un enorme Coloso de color del café solo.
El chico me tocó el hombro, me sacó de mi arrobamiento, olía a Reflex y en su estomago nadaba ya una cápsula calmante y algo más recuperado el color. Subimos las escaleras hasta la grada alta a esperar en nuestro lugar el final del partido.
Pero eso si en mi retina quedó grabada la imagen de Baptista, alias “La bestia” una pantera negra convertida en hombre perfecto.