
Cuenta mi madre que el primer día que asistí al colegio, tras dejarme instalada en el pupitre, emprendió el regreso a casa. Iba ella caminado por el largo pasillo de la escuela hacía la calle: a la derecha, las clases; a la izquierda, los servicios y la sala de profesores; y ya llegando a la salida, el despacho del director. Cuando alcanzaba el umbral del portalón que daba al exterior, oyó un grito tras ella, que rayaba el pánico.
- ¡Mamá, mamá, mamá...!
Se volvió asustada y me vio venir corriendo desbocada por el pasillo, con los ojos anegados en lágrimas.
- Mamá, no puedes dejarme aquí. ¿No ves que yo no sé leer?
A lo que la autora de mis días, sonriendo ya, contestó:
- Claro, chiquilla, para eso te he traído aquí, para que te enseñen.
Y eso hice: aprender a leer. Siempre sentí pasión por la lectura. Donde quiera que viese letras, ensayaba mi forma de leer: en las vayas publicitarias, en los prospectos de las medicinas, en las novelas del Oeste que leía mi abuelo, en cualquier papel impreso que caía en mis manos...
Antes, cuando yo era pequeña, no había dinero para libros, a lo más que podíamos aspirar era a la Enciclopedia Álvarez, que por aquel entonces me parecía un tomo gigantesco y fantástico y que ahora que lo han reeditado, lo veo diminuto en relación con mi niñez. Aún recuerdo algunos dibujos, poemas, fábulas y moralejas de la maravillosa enciclopedia, que, al ser mi único libro, trataba como oro en paño.
Ahora, con el tiempo, tengo algunos libros, no demasiados, unos trescientos; “mi biblioteca” la llamo, presumiendo de ella. En verdad me siento orgullosa de ellos y disfruto de verlos allí en la librería, tan callados cuando están cerrados, pero tan mágicos, expresivos y dicharacheros cuando los abro y comienzo la lectura.
Y es que un libro me invita a soñar sin moverme de casa, sentada en una humilde silla o en el más cómodo y mullido sofá, e incluso arropada entre sábanas y edredones en mi confortable cama rodeada de cojines.
Relajadamente, entre mis manos, una novela, el best seller del momento, ése que todos los amigos te recomiendan y que casi nunca cumple las expectativas creadas por la fama del boca a boca. O quizá un clásico que compré por azar, en mi afán de coleccionar (ahora que puedo) cuántos más ejemplares mejor.
Un libro para mí es: una emoción, un volar sin alas y sin viento, un navegar sin barco ni agua, un caminar descalzos o con relucientes zapatitos de cristal, un vagar errante o un pasear a pasos lentos y cortos, mientras con los ojos de la mente nos bebemos cada paisaje, cada escena...
Llegamos a imaginar el frío Antártico como si nos rodearan los hielos eternos o, por el contrario, sentimos que la piel se acalora al pensar en el inmenso sol implacable, como bola de fuego, del desierto del Sáhara. Por unas horas dejas de ser simple y predecible y te conviertes en un jeroglífico complejo y misterioso.
Ser protagonista en muchas vidas, una vida por historia, una historia por novela leída. Convivir con fenicios y celtas, griegos, romanos y cartaginenses; admirar a Aníbal o sentir terror por Atila y su gigantesco caballo; recorrer las islas griegas con Ulises y soplarle al oído que no se olvide de Penélope, que espera, enamorada, su vuelta...
Disfrutar de un libro es soñar con los ojos abiertos, curiosos, ansiosos de saber, de aprender, de conocer, de calmar la sed que todos tenemos por ser lo que no somos, ni hoy ni nunca, pero que seremos al menos por un rato.
Es viajar con el aventurero, llorar con la ingenua damisela, investigar con el detective, (como un Hércules Poirot que se precie) combatir al malvado, con armas o palabras, luchar por la justicia con el justo, desear con los amantes, besar con los enamorados, penar con el moribundo.
Un libro es una evasión, un respiro de nuevos aires, para las atrofiadas vidas, una odisea para la monotonía cotidiana de las realidades más aburridas... un escape de la rutina diaria.
Un día puedes imaginar ser la más extravagante y misteriosa dama; otro, la más pérfida de las mujeres, una rompecorazones sin escrúpulos; la mejor amante, la mujer perpetuamente amada; la más cautivadora princesa o una gris y pobre mendiga; el ladrón, el policía, el benigno, el maligno, ángel o diablo, amo o esclavo.
Todos esos e infinitamente más personajes. Uno por lectura, o dos, los que se quieran ser, cada cual elija sus preferencias dependiendo del día o del estado de ánimo.
Pero eso sí, siempre, siempre, es una fantástica ilusión que mantiene viva las pasiones, las ganas de vivir y los sueños en alza.
Al ser yo medianamente pobre, el mayor tesoro material que poseo son mis libros, a los que amé cuando no los tuve y a los que seguiré amando eternamente, tanto a los que tengo ahora como a los que espero poseer en un futuro. En verdad disfruto más con un libro que con cualquier fría joya u otra fruslería vana. Por lo tanto es lo que legaré a mis hijos. Espero que sepan amarlos como yo los amo.