
Fue como si todo lo hermoso que habitaba en el interior de la fortaleza, aterrorizado por la invasión del mortal “Ocupa”, que extendía sus horribles tentáculos sobre los aposentos y las alcobas, huyesen despavoridos a refugiarse en las afueras, tras las murallas, en esa campiña misteriosa y semidesconocida para ellos, que a veces divisaban desde los torreones, pero que en pocas ocasiones se habían aventurado a traspasar los muros y perdido el tiempo en indagar. Ellos, siempre tan etéreos e impalpables, viviendo en su castillo al abrigo de las inclemencias mundanales.
Mientras el “Ocupa” colonizó el centro vital, desecándolo día a día sigilosamente, alimentándose de savia y energía. Lo bello comenzó a buscar alojamientos sin pausa en la periferia del alcázar.
La brillantez se albergó en los iris, iluminándolos de mil colores y, éstos la recibieron con agasajos muchos, y parabienes todos.
La bondad se instaló en el hueco de las manos, llenándolas de caricias y palmas, para alegrar a los demás generosamente los cuerpos y las almas.
La alegría se asiló en los labios, que se derramaron en risas y sonrisas, regalándolas por doquier con felicidad y altruismo.
La ternura, desde las almenas, vigilaba al corazón para que no tropezase en amarguras, ni cayese en rencor. Este donó a la memoria verbos y palabras hijas del amor, para que las cincelara en las ondas y los dedos los plasmasen en poesías e historias.
La ilusión derrochó sueños y quimeras fantásticas y danzó un vals con la suerte ungida de azares y ceñida por guirnaldas.
Todos unidos, acompañados de más colegas con las armas bien afiladas contra la malvada intrusión, lucharon, ganando batallas y entregando a la salud las coronas conquistadas. Así redujeron al “Ocupa”, todos aliados y bien pertrechados, con dosis de milagros y coraje esperanzado.
Y todo volvió a ser bello en las afueras, en los interiores, en lo profundo y los contornos del palacio y sus alrededores.
Como hermanos enlazados, regresaron al castillo, pero esta vez dejando el portón abierto y bajados los puentes levadizos que conducía al torreón, rebosantes de dicha y henchidos de satisfacción.