
Mar de arenas. Ausentes los peces áureos, omitidas las sensuales sirenas. Dunas y dunas flameadas de sol desdeñado hasta por su propia sombra, ni un solo espejismo que mitigue el dolor que provoca una vieja relación rota.
El rencor envenenando los espacios a manera de aspid gigante, bífidas lenguas inyectando por doquier desaires urticantes.
La complicidad, boqueando entre las aristas de cuatro murallas, y el corazón errando va por espinosas calzadas; los sueños adocenados carentes de auras, y el odio asomando desde su nicho, reparte dentelladas.
Nada riela ya en el orbe, la luna mostró su faz más amarga, las estrellas cicatean una chispita de luz que trasmine esperanzas y, con el aire inerme, la negrura estalla.
Dilatando el sendero de vacíos, el tiempo sigue su marcha, entre palabras hirientes y desdeñosas miradas.
La tormenta se desata tronando reproches, la lluvia anega de sal las pestañas y el amor desaparece ahogado en pantanos de cizañas.