
Tras ovalada luna de plata,
me acechan unos ojos negros.
Vierten fulgor a las afueras,
pozos sin brocales, de arcaicos secretos.
Brillos prometiendo lágrimas.
Color de noches de invierno.
Misterioso ente que vaga,
en el reverso plano, de los espejos;
sabedor de la bondad en propia alma
y la maldad que embozada poseemos.
Sólo él seguro está de nuestra virtud
y nos indulta los intrínsecos defectos.
Goza de las reseñas más veraces,
labor baldía es, si engañarlo pretendemos.
Pervive un ser atravesado
entre la opacidad, la luz y el ego;
un día vuela en vanidad,
otro se ahoga en tintes agoreros.