
Vamos a querernos y... luego conversamos. Por si no nos alcanza el tiempo, dejemos que hablen nuestras manos. Ellas saben mucho de urgencias, de duelos, de vacuas jornadas añorando. Déjalas vagar por la piel sofocando cuanto encuentran a su paso.
La húmeda soledad en las ausencias, la frigidez del anhelo amortajado, la escarcha del no tenernos, la zozobra de no encontrarnos.
Ordena a los labios que callen, que se hagan entender besando. Que los dedos sean pañuelos enjugando viejos llantos.
Pongamos en función a los sentidos, agucemos la vista, el gusto...el olfato. Afinemos el oído, revivamos con el tacto. Gocemos el momento y, si nos sobran horas, culminemos el abrazo colocando al corazón una sutil lazada que nos mantenga eternamente aunados.
Ya tendremos tiempo de hablar cuando la pasión estalle en cansancio. Cuando las palabras sean susurros y los suspiros amor sellado.
Y si el deber llama a la puerta, finjamos no escucharlo.