
De repente, no sé bien desde dónde, aparecieron unas enormes tijeras, metal negro, aguzado corte. Y, como una voraz mandíbula, de un certero tajo seccionó el lazo de seda que envolvía las ilusiones, desintegrándolas. Y allí se quedó. Abatida, la piel deslucida, sin brillo, sumergida en el lóbrego país donde vagan las almas que carecen de ensueños.
Trini Reina