Érase una vez un pacifico tiburón que tenía dos rémoras a sus expensas. Una era mayor y sufría de agotamiento crónico, así que al escualo poco alivio prestaba, obligando a éste, por bondad, a sobrellevar sobre su aleta derecha tal lastre. En la membrana izquierda residía la otra. Ésta era joven y asaz egoísta y exigía más beneficios de los que originaba. Las dos a su manera mermaban la vitalidad del tiburón que, cansado de tanta desfachatez, sacudió las extremidades, abrió sus fauces y se tragó a las vividoras.