Aquel día se acobardaron las nubes y sus espirales de silencio. El sol desgajó valladares en el azabache de las entrañas y desheló la cumbre de mis dobleces. Desnudé matices ignorados, germiné cual jazmín tempranero, calciné de raíz la soledad que me poblaba.
A mí llegaste con cadencias de guitarra por corona, y en las manos, ardido, el oro que jamás se quiebra Y yo quedé, de ti debilitada. Y de mi esencia huyó -hasta morir- el desamor que me vistiera.
El amor tendió sus estandartes en las rocas de mi alma y, toda yo, me hice orilla.
Qué bonita forma de ensalzar el amor. Ese amor que llega y se queda. Ese amor que roza las rocas del alma y convierte en orilla al persona correspondida. Qué bonito poema el de esta orilla romántica.