El vigilante reposaba en su poltrona: sus enormes pies apoyados en el panel de mandos, la triangular cabeza en el respaldo, semicerrados los oblicuos ojos… En éstas, un sonido atronador rompió el hondo silencio y una riada de luz acabó de despabilar al extraño centinela. “Ya están otra vez estos terrícolas fastidiando el universo con fuegos de artificio". Se dijo. Y poniendo en marcha su nave, abandonó por esa noche la zona de vigilancia.