Bienvenida

Empecé a escribir a los cuarenta y cuatro años, recién recuperada de un cáncer de mama. Creo que a raíz de esa experiencia, comencé a apreciar lo que la vida me ofrecía y que antes, imbuida en otros menesteres, había obviado. Digamos que, anteriormente a esa etapa, yo cabalgaba por la vida y que una vez superada, emprendí un sereno paseo por ella. Pienso que ahí nació mi amor por la poesía, que no por la palabra, que ya amaba desde que tuve uso de razón. Ahora ya no entendería mi mundo sin la literatura y, cuando me preguntan qué razón me motiva a escribir, respondo, quizá pecando de un exaltado ego, que escribo para que cuando muera quede una huella tangible o leíble de mi paso por la vida. Pienso que si dejo mis sentimientos y pensamientos impresos, de alguna manera, cuando alguien me lea, seguiré presente, aunque sea en el instante en que esté leyendo aquello que un día, quién sabe cuántos años atrás; una mujer sencilla, y no por eso menos vehemente, trazó.


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21/04/2008

Gota de silencio

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También editado en: A la Intemperie

Estaba inmóvil.

Alrededor todo era color y sonido: los gritos de los niños, la elevada y pegadiza música que los atrae a las infantiles atracciones de Feria, el murmullo de hartazgo de los padres, el roce de los cascos de caballos en el pavimento, las voces de los cocheros, el reclamo del pregonero de la tómbola, conquistando a la cándida clientela, la orquesta del circo que anuncia el comienzo de la sesión de tarde, el ir y venir continuo de gente que ríe y se comunica a gritos, a causa del bullicio natural del festejo, los tonos de los trajes de gitana, que por sí solos son un alarido de color, el cielo, que al fin abandonó sus grises y se engalanó de azul…

Y ella... tan silenciosa, como contraste.
Una herida de gastada purpurina en plena calle tomada por la fiesta, afanada en conquistar la atención del gentío, que se ve superado ante tantos eventos donde posar la mirada.
Trini Reina

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21/04/2008 07:56. Autor: Trini Reina. #.

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26/03/2008

Escenas de diario II

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I
El corazón, que nunca le bailó por amores, de vez en cuando se burla de él y le muestra, sin compasión, los harapos de la parca. Aunque aún es joven, se decidió, más por necesidad que devoción, a usar, en sus breves paseos, un rústico bastón que le hace más llevadera la obligada caminata. Nunca lo he visto despojado de sonrisa y la soledad, ésa con la que habita desde hace eternos soles, parece que no le pesara.


II
Un chico, con ropa de trabajo y talante maldispuesto, regula el tráfico, mientras los compañeros adecentan el asfalto.
El conductor del microbús que transporta a los ancianos al Centro de Día se impacienta con los obreros, mientras los abuelos, desmayada la mirada, se asoman a las ventanillas del auto, quizá agradeciendo ese inusitado incidente en sus rutinarias jornadas.

III
Un niño, casi tan grande como su mochila, de mala gana se allega al colegio y en su mirada se adivina la súplica sin palabras que dedica a la abuela, que amorosamente aferra su mano. Otros niños corren, atropellándose entre ellos, pues ya suena la impertinente campana.
Otros días en que por allí paso, unos minutos más tarde de la hora de entrada, me aturde el descomunal silencio que se mastica en la calle, deshabitada ya de chiquillos.

IV
Tres confiados gorriones sacian su sed en los surcos de la acera regada y, al presentir mis pasos, elevan el vuelo alcanzando las ramas más altas de un naranjo blanco de azahares, para volver a descender en cuanto se sienten libres de mi presencia amenazante.

V
Un señor, rondando los setenta, con pantalón amarillo como sol en acuarela, me da los buenos días, mientras se adentra en su casa en la que un perro, diminuto y mal encarado, a desgana le saluda. Tras de sí, deja una estela de perfume caro y empalagoso, que choca con el aire límpido de esta hora, recién clausurada la amanecida.

VI
Hoy corre viento de levante, y en las azoteas la colada a su son se bambolea, como banderas en un largo y refinado mástil. La familia de palmeras que adornan la rotonda agitan sus palmas, mientras los racimos anaranjados de dátiles maduran al tibio sol de este invierno que remeda primaveras.

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26/03/2008 21:29. Autor: Trini Reina. #.

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29/02/2008

Impulsos

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Se conocen desde hace años, aunque se han visto y saludado casualmente. Hoy es uno de esos esporádicos días.

Ella permanecía sentada y él se acercó por detrás.“ ¿Me das fuego?”, dijo. “Por supuesto”, con afable sonrisa contestó ella a la vez que le ofrecía el cigarrillo encendido. En ese momento, él, alargada la mano, se quedó inmóvil. “¿Qué sucede?”, inquirió ella, en sumo extrañada. Y él, con cara de bobo, respondió: “Nada, son tus ojos...”.“¿Mis ojos?”, preguntó ella sin dar crédito a la escena. “Sí, son muy bonitos, nunca los había visto tan de cerca”...

Por la reacción sorpresiva de ambos, creo que en ese intervalo, a la par, envidiaron a los avestruces.

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29/02/2008 07:37. Autor: Trini Reina. #.

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14/02/2008

Escenas de diario I

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El celador, desplegada la paciencia, acentuada la ternura, acomodaba sus pasos a los de ella, que, asida a su brazo, bajaba la escalera interna del hospital como si fuese la escalinata de un fantástico palacete. Descendía lentamente, demorándose en cada peldaño, no sé si porque sus regordetas y castigadas piernas no le permitían ir más deprisa, o porque ésa era la primera vez que caminaba del brazo de un hombre y la ilusión le podía.

Matilde, que así se llamaba, llevaba mal abotonado el pijama (que en pretéritos tiempos fue azul y ahora apenas llegaba a un celeste indefinido). Esto le hacía parecer que tenía un hombro más alto que otro, dándole un aspecto grotesco. Pasaba de los cuarenta años, pero su mente se había paralizado allá en los ocho. Traía el pelo alborotado sobre la frente y sospechosamente aplastado en la nuca, como si no hubiese conocido peine en varios días. Sobre el labio superior lucía una promisoria pelusilla y los ojos eran de un común pardusco, pero, no sé si en honor a su acompañante, se veían lustrosos y saltarines.

Mi curiosa mirada los acompañó en su desfilar hasta que los vi adentrarse en una de las salas que se abren al interminable corredor.

Pasados veinte minutos tornaron, marchando con parsimonia. Ella, con palabras entrecortadas, se quejaba de la torpeza de sus piernas; él, le preguntó si quería tomar el ascensor, y a Matilde le faltó tiempo para, agitando insistentemente la cabeza, con rotundidad negarse. Anhelaba prolongar ese momento feliz que atemperaba en algo la monotonía de sus solitarios días de ingreso hospitalario. “No, no, subamos por las escaleras”, la oí decir mientras que él, solícito, derramando agrado, atendía su requerimiento.
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14/02/2008 08:12. Autor: Trini Reina. #.

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19/12/2007

Alba de invierno

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Calle de mi pueblo. Fotografía tomada de Internet

Me gusta caminar por las calles de mi pueblo, a solas, en la alborada, cuando compite la luz de las farolas con la tersa claridad temprana.

Observar, como la remolona luna, que se niega a irse a la cama, platica con una estrella de aristas blancas ¿Qué secretos se dirán? ¿Qué misterios, qué hazañas? Que bonito luce el cielo, cuando incitado por el sol, el azul se intensifica y avanza.

El gallo homenajea al nuevo día y, elevando su cresta, canta. Mientras en los árboles cercanos gorjean los gorriones, en sus alcobas de ramas.

Me gusta caminar por las calles de mi pueblo, a solas, en la alborada, cuando compite la luz de las farolas con la tersa claridad temprana.

Y mientras me recreo en este deleite, en este sereno paisaje que hermosea mi mirada, me pregunto que suerte nos reservará este fecha, de azulenca estampa, que de momento abre sus puertas; esplendente, álgida y callada.

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19/12/2007 09:38. Autor: Trini Reina. #.

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11/06/2007

Cascarrabias

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El estrecho y largo pasillo estaba salpicado de camas. A esa hora solían bajar a los enfermos desde sus salas a la zona de radiología para realizarles las pruebas requeridas por los distintos especialistas. De ella sólo distinguía su cabeza, despeinada y salpicada de canas, desmayada en la almohada. Él la acompañaba de pie al lado derecho de la camilla. Reparé en ellos precisamente cuando él comenzó a elevar el tono de voz. Decía: “El niño anoche reía a carcajadas por algo que veía en la televisión. Le tuve que decir que dejara de hacerlo, que si no le daba vergüenza, que su madre estaba ingresada en el hospital y él allí como si nada, partiéndose de la risa por cuatro pamplinas… Y, claro, se acostó tarde y ahora, que debería estar aquí, no hay quien lo levante. Mira, yo, desde las seis de la mañana en planta. He recogido la casa, me he duchado, vestido, desayunado… y aquí estoy, como debe de ser, y tu hijo allí, dormido tan campante. Y la otra…, ésa dice que no viene hasta que no deje al hijo en el colegio; le he dicho: deja que se vaya él solo, que ya es mayorcito, pero nada, ni caso. Y la mayor, ésa, ésa es la que más obligada está a estar aquí contigo, que para eso es la mayor, y mira, aún no ha aparecido”…
Con cada palabra el hombre iba alzando, más si cabe, la voz y, a la vez, se le ensanchaban las venas del cuello, mientras paseaba, irritado, de norte a sur de la cama… La mujer, con una voz que parecía le brotara del rincón más hondo del alma, y es que para una madre no hay nada que la hastíe más que oír despotricar contra los hijos, sean más o menos culpables de todo o de nada, preguntó, como ya digo, más con un balbuceo que con palabras hechas: “¿Ya son las diez?” A lo que él, a punto de ebullición, contestó casi gritando, “¿Las diez, las diez?, ¡Y mucho más de las diez…!” En éstas, alzó su brazo para mirar el reloj y añadió: “son… las nueve y cuarto”. Y fue entonces que lo vi desinflarse, como un globo, por un alfiler mordido.

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11/06/2007 09:07. Autor: Trini Reina. #.

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29/03/2007

Toma mi mano...

20070329182458-manos-p-.jpg

La acera está sembrada de naranjos en flor. En la esquina opuesta, un árbol, del que desconozco su especie, destaca por su soledad. Es un árbol nuevo, de poca alzada, sus ramas refulgen, cuajadas de yemas y hojas de un color verde joven. Está amaneciendo y la luz de la farola aledaña se posa en su copa, dándole un toque esplendoroso, a pesar de su pequeñez. Solo…

Un caracol de oronda y bruna concha, escala lentamente una fachada encalada. En toda la nívea e inmensa pared, no hay otro. Lánguidamente, se arrastra dejando el viso de su rastro en cada milímetro avanzado, como una señal, por si acaso, algún hipotético hermano se decide a imitarlo. Solo…

Desde unos contenedores de basura, surge un gato que se cruza ante mí. Es un felino escuálido, al que su piel blanca, hace parecer más fantasmal aún. Al sentirse a salvo, ya en la acera, se sienta solemne a verme pasar. Solo…

Canta el gallo, hoy no sé si por casualidad, ningún rival del corral lo secunda, en ese instante me percato de que, en los quinientos metros, aproximadamente, que llevo recorrido, no me he cruzado con ningún ser humano. Ya próxima a mi lugar de llegada, allá en la lejanía, bajando por la calle peatonal, diviso a un ser caminando, que debido a la distancia, más parece una sombra… Solos…

Y al llegar a destino, pienso y me digo: soledad, hoy es tu día, toma mi mano…

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29/03/2007 18:26. Autor: Trini Reina. #.

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16/03/2007

La sonrisa autónoma

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Caminaba aprisa, siempre lo hacía así, como si fuese a llegar tarde a todos lados. Caminaba cimbreándose, parecía que de un momento a otro se rompería por el talle. El día lucía luminoso, de un azul profundo de primavera. Ella se sintió intensamente feliz y, mientras se acercaba a su destino, cavilaba sobre el motivo de esa extraña felicidad. Quizá la primavera, a la que faltaban unos días para nacer en el calendario, ya había nacido en su alma.

La gente la saludaba al pasar y ella devolvía acrecentado el saludo. Dos obreros que desayunaban, sentados sobre una pila de ladrillos, le lanzaron un requiebro desde el segundo piso de un edificio en construcción, que ella, enajenada, no atinó a descifrar; pero que desató en su rostro la sonrisa.

Una amiga la detuvo un instante para interesarse por su salud, departieron unos minutos, reemprendiendo a continuación cada cual sus opuestos caminos. La sonrisa, que no había desaparecido mientras charlaban, seguía emitiendo destellos. De repente lo vio venir, se acercaba, tan serio y tan acompañado como siempre, y ella intentó ocultar esa insolente sonrisa que se negaba a velarse. Lo intentó con todas sus fuerzas, pero la risa se resistía a desaparecer, hasta el punto que a ella le dolía ya el rostro. Al cruzarse, él se hizo a un lado para dejarla pasar, mientras se daban los buenos días, y ella pensó que él creería que ese gesto le estaba dedicado; pero la verdad es que aún está reflexionando sobre el porqué de aquella autónoma sonrisa que, sin motivo certero, se derramó en su boca esa precisa mañana que azuleaba en las afueras y que durante un rato también lo hizo en sus adentros.

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16/03/2007 07:25. Autor: Trini Reina. #.

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25/12/2006

Mañana de Navidad

20061225101141-luna-de-invierno.jpg

En esta alborada,
gélida como ninguna,
la carita helada
muestra la luna;
y el color quebrado
de pálida bruma.

Paciente, aguarda al sol,
al que surgir plantea dudas,
mientras platica con una estrella
de márgenes de espuma.

Y yo, que en soledad camino,
tocada de premura,
elevo los ojos al cielo
y arrebatada quedo
ante tanta hermosura.

©Trini Reina

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25/12/2006 10:11. Autor: Trini Reina. #.

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29/11/2006

Noviembre

20061129080556-noviembre2.jpg

Agoniza noviembre. Apenas unas hojas en los árboles suspendidas, a las que para rendirse les basta el afligido beso de la brisa.

Lágrimas a manera de lluvia, con indolencia el celaje dosifica.
Como un lento padecer que en el tiempo se eterniza.

Gélidas son sus alboradas. El viento, sin piedad, barre las calles marchitas, que ostentan soledades, al franquear cualquier esquina.

El sol oportunidad no tiene de relumbrar esplendoroso ni a mitad del día; más parece un remedo de luna llena, con esa palidez tan fría.

Y qué cortas son sus tardes, pues, con prisas, la noche acude a su cita. Apenas una tímida estrella por error se asoma entre una trama de nubosidad tupida.

Agoniza noviembre. Y todavía, en sus últimos estertores, continúa destilando melancolía.

©Trini Reina


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29/11/2006 08:07. Autor: Trini Reina. #.

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24/10/2006

Llueve...

20061024185424-llueve.jpg

Llueve…
En esta tarde de otoño, agrisada y blanca, diluvia, como si la lluvia se estrenara. Llueve, a chaparrones furiosos e intermitentes que, no conceden ni un segundo para abrir el paraguas, y en el pelo, como si fuese escarcha, una miríada de gotas, refugio hallan. Luego, tras besar la frente, resbalan por la cara, a manera de, indoloras lágrimas.

Lágrimas que son de las nubes, y quizá, por la pérdida, ellas sientan lástima. Mientras la tierra, que recibe el regalo, saciándose, toca palmas.

Cuando atinas a cubrirte, cuando al fin, despliegas el paraguas, parece una burla pues, de repente, escampa. Y mirando hacia el cielo, extrañada, continuas el paseo, por tu soledad acompañada, gozando de la desapacible belleza, de esta tarde de otoño; tibia y reposada.

©Trini Reina


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24/10/2006 18:54. Autor: Trini Reina. #.

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30/09/2006

Enamorada de la vida...

20060930190952-caminando7.jpg

Hoy, al despuntar la alborada, cuando camino casi en soledad por las calles aún en penumbras de mi pueblo, cuando nadie me ve…, o eso espero, me declaro, un grado más que ayer, enamorada de la vida.

¡Que bien huele la brisa en esta párvula hora! Parece que la savia de todos los jardines inundase mis pulmones. Hoy, no se divisa la luna, estará cansada de su trasnochar y se retiró antes del alba a sus aposentos, o, quizá, se fue a observar otros paisajes, curiosa como es. Sí, allá en el cielo, me hace guiños la carita esplendente de un lucero que se resiste a dormir, y alguna que otra estrella rezagada. A lo lejos, sobre la ciudad, el horizonte se dibuja un tono más oscuro y tras de mi, comienza a desplegarse el día, parece que con cada paso que doy, propicie la huida de la noche.

Y así, en esta soledad tan bella, por ser gozosa, a veces, como hoy, me descubro, insensata, ofrendando besos al aire, besos, enalteciendo gracias por esta energía, descienda de donde descienda, que me custodia. Besos de amor, de este amor incondicional que siento por la “Vida”…
©Trini Reina

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30/09/2006 19:14. Autor: Trini Reina. #.

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02/06/2006

Soneto para un cuadro

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Despliega el crepúsculo sus colores
Sombreando al infinito de dorados.
Un árbol, que al ocaso brinda amores,
Queda ante tanta belleza extasiado.

Flamígera, la tarde loa honores
Al bosque de hermosura coronado.
Adiós, musita el día, cerrando flores.
Ostenta la noche astros azulados.

El sol marcha a su nocturna morada,
Rendido por esa luna impaciente
Que lo adormece cantando baladas.

Cabalgando irrumpe la madrugada.
Y la fronda suspira complaciente,
Por esta primavera adelantada.

© Trini Reina
Autora de la pintura:Isa


02/06/2006 22:38. Autor: Trini Reina. #.

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03/05/2006

Mañana de primavera

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A lontananza, allá en el cielo que recubre la ciudad, asoma un sol neonato y pujante que avanza rompiendo nubes. Colgar allí los ojos y deleitarse en los matices que hoy nos  regala  la naturaleza, es un beso para el espíritu. Probablemente la urbe, ya bullirá de idas y venidas. De gente atareada en cumplir las devociones y deberes que les marque la jornada; pero en  el  pueblo, parece que remoloneara el día... No  se escuchan perturbadores ruidos a esa hora tan temprana. Tan solo susurra  un reparador silencio, quebrado por el porfiado canto de los gorriones, jilgueros y algún mirlo que, despiertan en esta amanecida, que fulgura  primaveras.

Silenciosa, una mujer camina, paladeando los detalles; los gratos pormenores que le entrega el día. A su derecha, desde los naranjos distribuidos a metros parejos sobre los parterres  de la acera,  a su paso,  cae el azahar maduro; impulsado por la brisa. Sus ávidos ojos, siguen el camino desde las ramas del árbol hasta suelo que dibujan los blancos pétalos. Semejan una cálida y fragante nevada. A bocanadas, la mujer, se bebe el límpido aire que la rodea. No se divisa a nadie en todo el largor de la estrecha calle…

Al poco, desemboca  en la avenida que la llevará al  destino de su paseo, y allí, se cruza con un perro de grandes orejas, que roza con su pelambre la larga falda de ella, que, el viento ha comenzado a bambolear. Tras el animal camina un hombre: su dueño. Éste, viste barba rala y entrecana, y en el semblante, aún se le adivinan los estragos del sueño; o tal vez, de una plomiza noche de insomnio.  Es un desconocido, hay tantos foráneos en el pueblo... El hombre, con voz tenue, acompañada por un gentil ademán, educadamente, da los buenos días, y ella, sonriendo ante la atención, poco común en estos tiempos; responde  al saludo, mostrando su mejor sonrisa.

En la orilla  izquierda de la calle, una joven madre, abrocha el cinturón de seguridad de la parte trasera del vehículo, a un niño de cinco años aproximadamente. Al lado de éste, un bebé, sentado en su sillita, especial para automóviles, llora desconsolado. La madre, en exceso agitada (se le caerá encima la hora  del  trabajo)  grita, e infiere amenazas contra  el crío, que, lejos de callarse, incrementa la llorera sin comprender la irritación maternal...
Nuestra amiga pasa de largo, esta vez no tiene palabras para saludar, y  sin poder evitarlo hace un gesto de incredulidad con la cabeza y masculla para si misma… No entiende donde llegaremos con estas prisas que nos empujan a vivir la vida con tan alto grado de aceleramiento, sin apenas condescender con  ella.

Un adolescente, ligeramente obeso, sale de su domicilio y casi colisiona con la mujer. Sobre la espalda, la mochila cargada de libros ¿los usará? y en la mano, un pan de leche que con fruición se lleva  a la boca y muerde.
El chico la contempla con la mirada baja y un mohín antipático en los labios. Ella le devuelve la ojeada, y piensa; qué estará urdiendo este mocoso. Y adelantándolo, continúa su ronda, con el chaval, que parece perseguirla, detrás.

A lo lejos, ve a una conocida, duda en llamarla para así pasear juntas. Si la detengo, recapacita, me perderé el goce de contemplar, hacia dentro,  esta preciosa mañana que apunta a un esplendente día.
La amiga, al cruzar de acera, la divisa a ella y se detiene, dispuesta a esperarla…

Se acabó el sosiego, ya no habrá en toda la jornada un minuto más para saborear estos instantes de paz que, la vida, de vez en cuando, sobre todo cuando sabemos verlos, nos confiere. Y qué afortunados son los que saben apreciarlos en su valía.

Acelera el paso para dar alcance a la compañera que pacientemente aguarda, y por última vez posa los ojos en el horizonte, allá sobre la capital.  Y ve como las nubes, por el sol vencidas, se han disipado, y éste, presumido, alarga sus rayos y se hace dueño del raso cielo.

 

©Trini Reina

 

 

 

 

 

03/05/2006 15:13. Autor: Trini Reina. #.

Tema: Estampas

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13/03/2006

Mañanas de Marzo

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La noche se aclara, y las calles, a la luz, aparecen mojadas. Desde el cielo se desprenden lágrimas calladas.

No suena el viento, parece que no existiera. Tampoco se oyen, ecos de tormentas. El agua cae asperjada y lenta, desde los grisáceos cirros de la niebla.

La gente comenta, que hoy tardará en disiparse. Pues, parece persistente y gruesa. Y adornando sus cabezas descubiertas, lucen una miríada de gotas, que semejan perlas.

Sobre la densa capa de celaje, que amenaza unirse con la tierra, un sol que peca de vago, saca sus rayos a la puerta. Y con un tímido calor, propios de éstas fechas, colindantes con la primavera; poco a poco va masticando brumas, y secando aceras.

Lentamente abre su telón el cielo, el azul que extiende, parece una mullida alfombra, por donde desfila el astro rey, relumbrando y entonando trovas.

Mañana de neblina. Y tarde de soles y glorias. En los jardines germinan las flores y de la tierra la vida brota. La primavera a la puerta llama; alternando luces y sombras.

©Trini Reina

 

 

 

13/03/2006 20:35. Autor: Trini Reina. #.

Tema: Estampas

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