Bienvenida
Empecé a escribir a los cuarenta y cuatro años, recién recuperada de un cáncer de mama. Creo que a raíz de esa experiencia, comencé a apreciar lo que la vida me ofrecía y que antes, imbuida en otros menesteres, había obviado. Digamos que, anteriormente a esa etapa, yo cabalgaba por la vida y que una vez superada, emprendí un sereno paseo por ella. Pienso que ahí nació mi amor por la poesía, que no por la palabra, que ya amaba desde que tuve uso de razón. Ahora ya no entendería mi mundo sin la literatura y, cuando me preguntan qué razón me motiva a escribir, respondo, quizá pecando de un exaltado ego, que escribo para que cuando muera quede una huella tangible o leíble de mi paso por la vida. Pienso que si dejo mis sentimientos y pensamientos impresos, de alguna manera, cuando alguien me lea, seguiré presente, aunque sea en el instante en que esté leyendo aquello que un día, quién sabe cuántos años atrás; una mujer sencilla, y no por eso menos vehemente, trazó.
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01/11/2007
 Autora de la pintura: Isabel Navarro Verdú Rosaura tuvo un amante que le prohibía lo amase, como si ese sentimiento, el amor, fuese algo tangible que pudiésemos provocar o suprimir a nuestro antojo. Por más que Rosaura se afanaba en cumplir su pedido, más el insensato corazón quedaba prendido del puntilloso amante.Cada vez que él se marchaba, al quedarse en medio de esa sonora soledad que la aplastaba, intentaba negar sus emociones. Quería convencerse a sí misma, de que aquel querer infructuoso apenas cosquilleaba su piel y que no buceaba en el pozo del alma, con lo difícil que resulta sanar a ésta… Eso la confortaba durante los días en que su amor se ausentaba, pero al volverlo a tener presente, le volvían los sentimientos en cascada, como si el negarlo, hubiese colocado dique a su pasión y ésta, al sentirse de nuevo exhortada, resucitase con montaraz energía. Rosaura lo recibía con alta sonrisa; con la ternura desabrigada; con vasta cota de afectividad. Él traía en los labios un impaciente beso y, prendida en el vientre, la lumbre del deseo. Y aceptaba tanta sensibilidad como algo que había sin remedio de tolerar para obtener el agua imperiosa que aquietara la furia de su ardor. Una vez saciado el hambre de mujer en él y el anhelo de amor en ella, ni que decir tiene que Rosaura había olvidado cualquier propósito de frialdad que tuviese en la recámara… Le hablaba con palabras rebosadas en caliente azúcar, cada letra era una caricia que al otro, quizá a estas alturas, ya empalagaban. En esos momentos, que nunca fueron largos, el corazón de ella soñaba ser correspondido. Pero, en cuánto él percibía que Rosaura se excedía en ternezas, cortaba el clímax rápidamente e introducía en la susurrada charla alguna cruel ironía. Ésa era su arma letal y cegaba de golpe cualquier asomo de romanticismo sobre él que ella elucubrara. En esas estaban cuando, tras despedirse por unas jornadas, él dejó sempiternamente de acudir a la cita con Rosaura, que lo esperó muchas noches. Noches, para ella, huérfanas de estrellas. Insomnes noches de incertidumbre y desazón, en que las lágrimas, silentes y sin venia, bajaban por el cauce de sus mejillas hasta empapar las áridas plumas de la almohada. Una tarde, durante un paseo por la ciudad, desde lejos se divisaron, mas él volvió sobre sus pasos y huyó como alma perseguida por un Cerbero rabioso. En ese instante a Rosaura se le despertó el amor propio al que nunca fue muy dada. Y el alma, tocada de orgullo, se le rebeló. Entonces, libre de desconsuelo, de un seco envión, arrojó al ídolo del pedestal en el que, inexplicablemente aún, su obtuso corazón, lo tenía izado. © Trini Reina Etiquetas: Relatos, Trini_Reina:Idolos, soledad, luz 
19/08/2007
Creyó que había olvidado llorar. No recordaba desde cuando no lo hacía, y ningún sentimiento de los muchos que vapuleaban sus sentidos la llevaba al llanto. Sabía que unas lágrimas la expiarían; le concederían la serenidad que le faltaba; descongestionaría al alma en su honda congoja. Mas el llanto se le negaba lazándole la garganta y enturbiándole más y más la razón. Quizás las lágrimas se habían solidificado. Acaso el corazón, por temor a desgarrarse si daba libertad al sollozo, les había construido un dique y allí cautivas las mantenía.Era alta la madrugada y a ella, que yacía de par en par los ojos, en su nido de sábanas clamando por un sueño que no acudía a poseerla, le llegó desde la lejanía la melodía conocida de una canción de otros tiempos. Se concentró en aquella música, ignorando de qué lugar procedía, transfiriéndole hasta el amargo hoy un episodio placentero de su vida pasada. De repente el alma sufrió un cataclismo que la dejó en carne viva, los latidos se acrecentaron en el corazón con tanta fuerza que la sangre se hizo líquida cual agua y mientras las notas de aquella canción seguían azotando sus recuerdos y besando sus sentidos, el venero de sus lágrimas estalló y sintió aflorar desde sus ojos un aluvión de sal. Y lloró por lo perdido, por el irreversible presente y el incógnito futuro. Lloró por ella misma y lo que fue. Y, lentamente, aceptó su realidad mientras las lágrimas, tanto tiempo constreñidas, aseaban de norte a sur su espíritu, dejándola rediviva. Cuando la balada, que nunca supo si fue un sueño, llegó a su fin, asombrosamente sintió su cuerpo vigorizado y con las defensas en alza, para enfrentar la difícil jornada que le aguardaba y que, desde el tragaluz, ya veía desplegarse… © Trini Reina
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16/06/2007
Érase un hombre de descalcificados huesos y espíritu artrítico que un buen día, por casualidad, encontró un bastón en que apoyarse. Mas, con mal fario, ya que éste era casquivano y engreído y gustaba de perderse a menudo, dejando a su portador en la estacada.A veces se escurría con disimulo bajo el asiento del bus y allí se disimulaba, habiendo de acudir su dueño, renqueante, a reclamarlo a la oficina de objetos perdidos. En otras ocasiones, el jardinero que cuidaba el parque lo hallaba tras un seto cercano al banco donde el hombre descansaba cada tarde. O la enfermera del dispensario salía tras él, bastón en mano y agitando la cabeza, mascullando entre dientes contra los desvaríos del individuo que, necesitando el artefacto, lo olvidaba siempre; la arisca mujer no estaba al tanto de la afición del bastón a conocer otros mundos más prometedores y así, tornándose remolón, planeaba evadirse de aquel amo tan achacoso. Mientras tanto, aunque por azar o tesón siempre lo localizaba, se fue agravando la minusvalía de ese ser de caduca alma, hasta el punto de estar a un paso de quebrarse cada vez que una piedra lo hacia tropezar en su camino. Una mañana, al pasar por un bazar, a través del escaparate, divisó un extenso muestrario de bastones, y resuelto, entró y adquirió uno. El nuevo no era de madera noble, ni tallado en el cuerpo lucía hermosos arabescos, ni la empuñadura era de valioso marfil importado, como el despreocupado e irreflexivo que poseía. Pero al ser común, era humilde y halló la mayor de las felicidades junto a ese espécimen de veterana osamenta y ánimo frágil. Cuando el hombre, revestido de paz, llegó al hogar, colocó a su desleal “obra de arte” en el interior de una vitrina y la cerró con llave. Ahí quedó el aventurero báculo, listo para ser idolatrado, como siempre ansió. Aunque, lejos de sus cálculos estaba que tal evento acaeciese tras una urna de insensible cristal. © Trini Reina Etiquetas: Viejos_Relatos, Trini_Reina, bastón, dependencia, hombre 
02/06/2007
En estos días, semanas ya, en que he visto limitada mi estancia ante el ordenador, de una parte por prescripción facultativa y más que eso, por falta de ánimos, he descubierto algo de lo que mucha gente, al parecer, goza y que yo hasta ahora no concebía: el zaping.Pues ahí estaba yo la otra noche, sin ganas de leer, ni de escribir, ni de dormir y harta ya de jugar al “Brain Training” y de que el maldito Dr. Kawashima me atormentase avisándome de que mi edad cerebral es de sesenta años, cuando mi mano chocó con el mando de la tele, así que me dije: voy a hacer ejercicio con los botoncitos a ver si tengo suerte. En éstas que, cansada de pasar de uno a otro canal, me paré en el de una televisión local y allí estaba Ricardo, el presentador, llevando una conversación, ya iniciada a mi llegada, con Angelita: – ¿Qué estás haciendo a estas horas, Angelita? – Pues mira, hijo, estaba a punto de cenar cuando me has llamado. – ¿Y qué vas a cenar, Angelita? – Pues me he hecho una tortillita y de postre tomaré un yogurcito. – Ah, pues mira qué bien. ¿Y tú sola te los has cocinado? – Si, mi alma. Estaba sentada ante el televisor viendo tu programa, que no me pierdo ningún jueves, y llevaba rato hablándome a mi misma. Me decía: “venga, Angelita, arriba, que si no lo haces tú, nadie lo hará por ti y bien sabes que tienes que alimentarte. Así que me he levantado del sofá, porque cuanto más tardase en ello, menos ganas tendría y he ido a la cocina y me he hecho la cena. – ¿Qué edad tienes Angelita? – Pues tengo noventa y cuatro años. – ¿Noventa y cuatro, y vives sola? – Sola, mi alma… Cualquiera que la escuchase, jamás habría adivinado su edad al oír aquella voz argentina, exultante de felicidad e ilusión, imagino que por la sorpresiva llamada, por su minuto de gloria en la pequeña pantalla, aunque éste fuese a través del hilo telefónico. El presentador comenzó a despedirse de ella, ya sabemos lo escaso que es el tiempo en televisión, y le prometió llamarla otra noche, a lo que ella asintió, con más esperanza que fe, y colgó. La imagino sentándose a la mesa ante su tortillita, ya fría, aunque ella ni lo notara ante la calidez que proporciona la dicha. En ese momento pensé que yo, de mayor, de más mayor que ahora, quiero parecerme a Angelita. Admiré su fuerza mental, la imaginé allí en su casa, más sola que la una, y arengándose a ella misma, como una jabata, sacando energía de una vida que se le agota y rebelándose, si no contra la muerte, sí contra la soledad y, de paso, luciendo una sonrisa victoriosa, de ésas que tienen el poder de amedrentar a la desesperanza. © Trini Reina
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08/04/2006
 Marchaba por la orilla del precipicio. La espalda enhiesta. La mente, en los pies concentra. Sabía, que un mal paso, lo arrojaría por aquel desfiladero, donde el fondo, de negro, no se dejaba ver. Paso tras paso, con parsimonia, prolongaba la marcha. No miraba atrás, eso seria un error, y era consciente de ello. Como podía, con gracia la mayor parte de las ocasiones, siempre con la sonrisa desnuda; esquivaba las mareas, que, unas veces desde la izquierda y otras por la derecha, lo hostigaban. En su instinto, sólo una idea: caminar hasta la meta señalada, donde quiera la hubiese perfilado el destino. Se sintió afortunado, bastante peligroso era ya de por si, andar por esa senda extremadamente estrecha como para que lo asaltara la incertidumbre del porvenir. Si de algo estaba plenamente convencido, era de que mientras siguiera la línea, por él mismo marcada, no caería jamás en aquel abismo mal encarado que lo acechaba. Últimamente, las mareas, se estaban haciendo fuertes, y soplaban con más ímpetu. Asolaban su paisaje más a menudo; se sucedían con menos margen para la recuperación. Rara era la jornada en que una de ellas, diestra, o siniestra, no lo zarandeaba. Se cimbreaba, perdía el equilibrio, trastabillaba… por unas horas, atado a un hilo, temía caer. Mas, desde su alma, una voz lo acicateaba exhortándolo a enderezarse. A elevar los hombros. A sacar brío de ese pozo que parece inagotable; pero que bien sabe, acusa la sequía. Y ahí continua, al borde del barranco, sabedor de que un minuto de flaqueza, lo puede entregar a ese vacío viscoso y mugriento, que con las fauces afiladas, impávido lo aguarda. Unas veces, es su corazón, enamorado de la vida, quien lo salva. Otras, su espíritu, tocado de optimismo. En ocasiones, al frente, divisa una puesta de sol de franjas rosadas, naranjas y celestes, que por si sola, le corta el aliento; para a continuación, insuflarle litro y medio de vida. Otra, es un ave, que vuela hacia el horizonte, y él, se empeña en perseguirla hasta ese nido que promete. Muchas veces, es la música de las olas arribando a una playa, caracoleando en la arena. O el beso de la luna, el guiño de aquel lucero albo que le da los buenos días; o ese rayo de sol, cargado de esencia, que en su pelo se posa. Así, nuestro amigo, con más fe que tesón, si eso es posible, sigue marchando, medio cayendo y levantándose con prontitud, marchando. Perdiendo por décimas de segundos el resuello, para luego, a impulsos de inquebrantable voluntad, recuperarlo…
©Trini Reina

23/03/2006
 Beatriz Montero no acertaba a comprender a su amiga Paulina. Sí antes de ahora era tan desgraciada. Si su vida, según ella, era un infierno a puerta cerrada. Si no se permitía casi ni respirar sin el real consentimiento de su “señor”. Si el sueño no se le asentaba en el cuerpo pues, en sus sentidos no cesaba de incordiar la disciplina de él y sus exigencias, hasta el punto de haberle robado por siempre el sosiego. Si la palabra ocio nunca estuvo impresa en su diccionario, mucho más lejos aún, el término libertad. Y su risa, tiempo ha, desertó de su semblante, hasta quedar sobre sus labios instaurada esa mueca amarga que la acompaña. Si sus lágrimas se reproducían a celeridad de vértigo y en su mirada, que posaba en algún lugar donde no residía su cuerpo, la tristeza flotaba ante la impotencia del que desde fuera, a sabiendas de su infortunio, la observaba…
No entendía Beatriz, por qué ahora que él se ha ido, Paulina continua alardeando de su desventura; presumiendo de ella ante el mundo. Enarbolándola como un trofeo arduamente ganado, cuando, lo que debe mostrar es la banderola de la emancipación al viento.
¿Hasta cuando va a olvidarse de vivir? A ojos de Beatriz, no le quedan muchos años en la valija de la existencia, y una resignada indignación atenaza el corazón del que impotente ve, como tantos años antes, más de media vida, espoleada por las circunstancias, y en el presente, por la costumbre adquirida, sigue despilfarrando la vida que se le dio, soslayando la felicidad que a su camino asoma.
No concebía Beatriz, por qué hoy por hoy, sin motivos, se sigue flagelando y vanagloriándose Paulina de su finiquitada, para los demás; condena. Hasta alcanzar el punto en que los que la rodean y la quieren desde vetustos tiempos, han dejado de creer en sus cómodas lágrimas.
Quizá el cuerpo, la mente, elástica como es, se adaptó tan íntegramente a la lamentación, a la mísera vida de tantos remedados años que, ahora que su carcelero ha desaparecido, ya no puede volver a su ser. Y ahí permanece, confinada en ese estado de untuosa amargura.
©Trini Reina

23/01/2006
 Caminaba masticando apuros cotidianos: las manos en los bolsillos y el semblante ausente, de repente, un beso de sombra le hizo levantar la mirada del suelo. A lo lejos la vio venir, subía la calle que él bajaba y el vuelco alegre de su corazón, propició que los pies trastabillaran. Rogó para que el sonido que rebotaba en su pecho, no se oyese en las afueras. A sus años parecía ridículo ese aceleramiento del corazón, por lo común tan sosegado. Achacó a la sorpresa esa revolución del cuerpo, cuando vio aproximarse a la mujer, que sin saber por qué, lo exaltaba. Al cruzarse sus caminos, la mirada de los dos se enredó por unas milésimas de segundos y él juraría que el rubor, a ella le tiñó la cara. Al unísono, las voces: risueña la de ella, sobria la de él, modularon un enlazado ¡buenos días! Que sonó a sinfonía inédita. Y la sonrisa de ambos, al reconocerse, iluminó un tono más la mañana, ya de por si esplendente. Ella, al darle la espalda, siguió luciendo esa gesto extraño que la ilusión traza en la cara, del que por regla general, de decepciones anda plagado. Y ese día, por el mero hecho de ver a ese hombre, que intuía alterado en cada ocasión que con él tropezaba, su encajonada vida se dilató algunos milímetros. No le sentaría mal a su espíritu gozar de un poco más de holgura. Él siguió sin más el rumbo hacía sus obligaciones, y como esas otras jornadas en que el azar los hacía coincidir en aquella callejuela, la vida, por unas horas, al rememorar el encuentro, le parecía más hermosa, y menos duro era sobrellevar la soledad que tanto se afanaba por disimular. Mientras su corazón acompasaba el ritmo, cavilaba en los sueños inconfesables donde aquella singular mujer era la protagonista. Quizá todo era una entelequia creada por su mente y se engañaba solo al suponer que la agitación que sentía, era correspondida por ella. Tal vez se agarraba a la penúltima gota de fantasía, al último seísmo de la sangre en las venas que, la naturaleza, ya a estas alturas de la edad le deparaba, como un condenado se agarra a la esperanza de ser redimido. Y así continuó alejándose de aquella calle, mientras en su cabeza mil pensamientos bullían. Y sobre ellos destacaba el anhelo de volver a cruzarse, mañana de nuevo, con aquella señora que provocaba tan dichoso cataclismo en su apulgarada existencia. Trini Reina
Imagen: gentileza de Leodegundia 
17/12/2005
 Asombrado, descubrió que sólo le bastaba su recuerdo para cubrir los espacios grises de su existencia. Se sentía desalentado y lo sacaba al sol, lo oreaba y, con él desplegado, se revestía de luz. De su evocación se sustentaba. No de su cuerpo, henchido de promesas. No de su piel, que abandonó con el deseo del abrazo intacto. No de sus labios, que perdieron tersura en la espera. No de sus caricias que, despreciadas, declinaron en sus manos. No de aquel ser que respiraba, sufría y lo amaba. Sólo subsistía de la invocación de una imagen, que tomó cuerpo y libertad en su mente. Quizá el reflejo de la mujer que antes, que siempre, pobló sus fantasías. De esa visión estaba enamorado. No de ella, la que nunca tuvo, que, aunque de carne y hueso, aunque de pasión y alma, aunque de dolor y corazón era, abandonó. No sin antes robarle la sombra para sempiternamente atesorarla en los túneles de su memoria.
Trini Reina. 
04/12/2005
La decadente música no daba tregua, si espantosa era una canción, la siguiente lo era aún más. Mujeres sobrepasada la madurez lucían modelitos de quinceañera, y patéticamente, se exhibían bailando al ritmo de un sucedáneo de tango. Bailaban y reían, con esa risa histérica que provoca la desesperanza o el miedo. Mientras, no perdían detalle de la jauría humana que ocupaba la sala de fiestas; estaban al acecho.Una cincuentona: camisa floreada, escueta falda y botas blancas, llamó mí la atención, quedaba despampanante en su ordinariez. Se acercó a un hombre y lo conminó a bailar, mas éste, hizo caso omiso y continuó impertérrito en el cómodo diván de la discoteca. Yo había reparado en el algo antes, era joven, a simple vista transitaba la primavera de la treintena. Tenía toda la soledad disuelta en la postura y el desespero nadando en la mirada que, sin ver, mantenía clavada en la pista de baile. Sobre el exiguo velador, una copa a medio beber; derretido el hielo hacía buen rato. Durante el tiempo que allí permanecí no habló con nadie, ni vi en su cara una timorata sonrisa, ni siquiera el aleteo de una pestaña que indicara que algo lo conmovía. Su soledad me alcanzó. La noche dio paso a la madrugada y tomando su abrigo, el chico se dispuso a marcharse y así lo hizo. Solo, tal como había pasado allí las ultimas horas. Aún tardé un tiempo en abandonar el local; pero cuando salí, aquel hombre de aspecto gris, permanecía en la entrada, bajo la marquesina de luces de neón que anunciaba el nombre de la discoteca.
Estaba lloviendo, una llovizna flaca y persistente de esa que cala la ropa. Tomé un taxi, y cuando éste comenzó a circular volví la vista atrás y desde la luna posterior del vehículo en marcha lo seguí contemplando hasta que la distancia me hizo perder la perspectiva. Me pregunté a quién o qué esperaba, y si aún le restaban fuerzas para seguir aguardando una compañía que ya a esa hora, cuando el amanecer se despereza, no había llegado. Mientras mi taxi avanzaba devolviéndome al calor de mi hogar, lo imaginé caminando cabizbajo, regresando a su domicilio con otra noche derrochada arañándole en los bolsillos. Trini Reina

06/11/2005
 Sin soltar el aliento para no ser advertido, en un auto impuesto silencio, él asoma a su misterioso mundo e invisible la cela… A intempestivas horas, a días contiguos, a noches alternas.
Sereno recorre tan umbrías calles, se detiene en los frondosos jardines, aspira el dulzor de su esencia e incluso, enjuga el vaho de los vidrios de su ventana con el afán de profundizar en cuantos disfraces ella encierra, para así lograr descifrar todos sus enigmas.
Cuándo se le agota el tiempo o se le cansa la mirada, se aleja de ese mágico espacio entornando la puerta, tal como arribó; sin estridencias. Pero, se va con el alma llena, la mente colmada, la retina empapada de los intimistas colores que ella, ajena a la vigilancia, le muestra.
Al anochecer, un ocaso más, ella pliega las cortinas de sus aposentos, con el corazón enervado de tan nula espera y los ojos vencidos de mirar a lontananza atisbando su venida, sin percatarse de que él ya estuvo ahí rondándola.
Pero, esta noche, la brisa cadenciosa le suspira al oído revelándole el secreto, confesándole que él ya transitó todas y cada una de sus avenidas. Que calzaba zapatos de humo por eso sus pasos, ni tan siquiera han marcado huellas en los caminos. Y retornará siempre, aunque velado, por esos dominios, cada vez que la necesidad de saber de ella le flagele el alma, forzándolo a su pesar, a escudriñar tan anhelados perímetros…
Trini Reina. Editado anteriormente en:SENTIRES

11/10/2005
 Era femenina y bella. Una mujer factible de admirar por otras mujeres. Era mi antagonista y de su mano él llegó a mis recintos. Hablamos, reímos, paseamos por un jardín plagado de delicias. El ambiente se hizo quimérico y suave. Era mi rival, y en su inocencia hasta mí lo trajo. Feliz me sentía dialogando entre ellos. Él estaba infinitamente lejos de mí; pero, en ese minuto fui dichosa de tenerlo tan cercano. Respirando el mismo aire, aspirando los mismos aromas, observando idéntico paisaje. Él no tenía ojos nada más que para ella… De repente, sentí como mi alma celosa se elevaba de su seno e iba tras él… Quizá no percibió la etérea caricia cuando la sombra lo besó. En el instante mismo en que todo mi cuerpo se sacudió con un escalofrío. Hacía el crepúsculo nos despedimos, en frívola charla, diplomáticos, derramando medias sonrisas, parabienes y adioses… Y se marcharon los tres. Ella, él, y mi alma traicionera que desertó de mí para viajar a su lado. Trini Reina
15/09/2005
Se incorporó, y titubeando dio su primer paso… Marchó paulatinamente dejando a sus espaldas multitud de cosas antaño precisas. Objetos tan manidos que perdieron mucho tiempo atrás el poder de brindarle confianza. La silla donde se mantuvo sentado tantos plagiados años quedó al fin desocupada.
Cerró a cal y canto esa habitación de atmósfera cargante, y sin especular, impulsivamente; inició el camino. Sin dolor en la mirada, a pasos largos, anduvo el zaguán. Alcanzó el portón y de un certero golpe descorrió el cerrojo. Casi con la respiración fuera de juego se paralizó en el umbral. El corazón, con sus acelerados latidos; lo ensordecía.
Allí se mantuvo unos segundos, indeciso, tenia miedo al infinito que ante el se extendía. A ese inexplorado territorio que le aguardaba fuera. Aún sin atreverse a dar por si solo el paso definitivo, fue una ráfaga de viento quién decidió por él. Con un fuerte estrépito, que resonó en todo el edificio, que reverberó en toda la avenida, la puerta se cerró tras de sí; dejándolo expuesto, pero, tremendamente vivo. Entonces, sus pies livianos sin la pesadez de la incertidumbre; emprendieron la huida hacia la liberación.
Cuándo llevaba un buen trecho recorrido frenó, volvió la vista atrás y vio cómo una tormenta de arena se ensañaba con el reino de la Nada. Sin el menor sentimiento de duelo por la catástrofe, con júbilo, reemprendió su recién estrenada odisea…
Trini Reina
02/09/2005
El caluroso día de julio tocaba a su fin. El sol, apenas un arco rojizo y radiante se perdía en el ocaso satisfecho con la labor realizada. Al atardecer, casi anocheciendo ya, comenzó a soplar una tímida brisa de poniente y salí a la calle a dar un paseo. No aprovechar regalos así en el verano andaluz constituye un pecado.
Tras una vuelta a la manzana me detuve en la acera, y elevé la mirada hasta la loma cuajada de naranjos que hay frente a mi casa. Ese vergel, es casi la última zona rural que queda en el pueblo que, desde la explosión demográfica de años atrás, ha ido trocando olivares por urbanizaciones de viviendas. Incluso en este coqueto huerto ya ondea por sobre las copas de los árboles las banderolas de publicidad de una constructora; así que en poco tiempo los vecinos perderemos la gloria que brindan los naranjos en primavera cuando eclosionan de azahares e impregnan con su peculiar aroma las vías aledañas y son un placer para la vista de quien sabe mirarlos.
En esa considerable pérdida pensaba cuando giré mis pasos para volver a casa. Mis pies fueron más rápidos que mis ojos que se quedaron colgados a la misma altitud que tenían décimas de segundos antes. Entonces la vi. Estaba sentada en una silla baja, y miraba a través de la reja de su balcón a la calle, aunque, con la vista extraviada, perdida; sin percibir nada.
Esa visión me trajo a la memoria la imagen de un chimpancé que una vez vi en el zoológico. El animal angustiado, huía, y al hacerlo, se golpeaba la cabeza con los barrotes de su jaula lo que me causó una gran desazón. Pero ella, la mujer del balcón, no se daba a la fuga, permanecía quieta, sin mover tan si quiera una pestaña. Quizá volaba con la imaginación ¿Quién puede saber lo que desfila por mente ajena?
Diminuta y flaca. Pasado el medio siglo de vida. De pelo pardo y tez morena; mate y profusa en arrugas. Sola en su soledad. Sobreviviendo prisionera y esclava de su hipocondríaca y egoísta madre. A su entero antojo.
Su nombre clama a la esperanza. Y en ese instante al verla tan desolada, me pregunté si ella, a estas alturas de la vida esperaba todavía algo. En ocasiones los nombres con que somos bautizados son crueles, y marcan de por vida a quien los lleva. En este caso, el nombre venía cargado de humor negro, y se burlaba de ella.
Aquella tarde sentí unas ganas enormes de ponerme a llorar cuando la entreví. No, no es cierto, sentí deseos de subir a socorrerla, a abrazarla; sin embargo, no hice nada. No se estila entrometerse en la vida privada de los demás, hay que guardar las apariencias… Pero en la boca, por muchos días, me quedó el regusto amargo de la impotencia. Y es que, cómo dice el refrán “Los hay que nacen con estrella y quienes nacen estrellados.
Trini Reina
11/08/2005
La playa, de extensa, se pierde en la lejanía. Sus arenas son doradas, y cuándo baja la marea, desde los acantilados que en muchos términos la delimita, se revelan bellas y coquetas calas. Unos altos murallones de arena forman la barrera entre la masa de agua y tierra adentro. El furioso beso de las olas unido al transitar del tiempo, ha abierto en las paredes de areniscas, unas superficiales cavernas que, al mirarlas, te retraen a tiempos remotos. La arena es fina y suave, si tomas un puñado entre las manos, raudamente se escapa y vuelve a su lugar de origen. Conchas nacaradas de varios tamaños, diminutos caparazones de caracolillos y unas piedrecillas pulidas por acción del agua, de múltiples colores: canela, blanco, negro y marfil; decoran ese marinero suelo.
Y frente a la playa, el océano, inmenso, grandioso, que según el cielo que esa jornada asome a mirarse en el, se transformará. Pasando por toda la gama de azules y grises. Y dependiendo de los caprichos del rolar del viento, se mostrará dócil o fiero. Agitará sus aguas hasta fabricar salina espuma, o se dejará acunar entre los brazos del calmoso aire; despreocupadamente.
En aquel tiempo, ahora se cumplen dos años, el cielo pintaba de un azul perfecto y el viento de levante, tan común y brioso en esas latitudes, se había adormecido. Por lo tanto, en los cuatro días que allí residió nuestra amiga, sólo la timorata brisa besaba su cara, entibiaba su cuerpo, se enredaba con su pelo ¡Ay su pelo!...
Esas insuficientes jornadas las dedicó a hacer las paces con ella misma. Con ella, y con su hado que, le había deparado una cruel sorpresa para la que no estaba preparada… ¿Y quién está preparado para la malignidad? Nadie, por eso vivimos medianamente felices. Si estuviésemos a todas horas obsesionados con lo que nos destinará el futuro; agonizaríamos de incertidumbre y temor.
Se levantaba al alba, siempre la agobiaron las habitaciones de hotel, sólo las usa para dormir y asearse. Así que en cuánto amanecía, en silencio se vestía, y con las zapatillas en la mano y la respiración a cámara lenta; fácilmente se puede decir que huía de la alcoba. Bajaba por una escalera bastante larga, desde el malecón donde el hotel estaba ubicado, hasta la rasa playa, y una vez allí comenzaba su andadura por ella. En la mano derecha las zapatillas, en la izquierda su anhelada soledad…
A esa hora, cuando el sol aún bosteza encorajinado por haber sido expulsado de su cama, la playa estaba prácticamente desértica. Alguna señora, pasada la madurez; caminando. Y algún hombre, sobrado de kilos; corriendo, eran las únicas almas vivientes. Ellos y las gaviotas que sin espantarse por la inusual compañía la seguían mientras, picoteaban en la arena buscando alimentos. A nuestra amiga le hacía gracia, le provocaba una sencilla sonrisa observar las huellas que dejaban sus pequeñas colegas marcadas en el terreno; semejaban diminutos tridentes.
En sus paseos desmenuzaba su pasado. El presente inmediato ni lo rozaba, carecía de importancia, sólo existía para gozarse en lo que buenamente se realizara. Pero el futuro…El futuro se presentaba oscuro y tenebroso y requería un gran esfuerzo trasladar sus cavilaciones hasta el. Tenía que armarse para afrontarlo de la manera más digna para ella, y la menos traumática para sus contornos.
De vez en cuando el aleteo de una gaviota la sacaba del ostracismo donde andaba imbuida y continuaba su vagar. Allá en el cielo, el sol, ya se había quitado las legañas y comenzaba con brío su trabajo. Ella se sintió cansada y se sentó en la arena húmeda de rocío. Así, mentalizándose, arremetió con su mirada hacía el mar que la retaba… Y allí la clavó.
Siempre vio a Dios en la naturaleza, en las cosas bellas cargadas de misterio. El misterio de cómo, cuándo, por quién y por qué, fueron creadas. Lo veía en el astro rey, durante el orto y el ocaso. En la dama luna y todas sus fases. En los ríos, tan tornadizos desde el nacimiento a la desembocadura. En las cordilleras y montañas, esos colosos cargados de poderío y magia. En los bosques y los desiertos. En la primera sonrisa de un niño y en la risa parca de un anciano… Pero sobre todo lo veía en el mar. Lo rebuscaba en el mar.
Durante esas auroras le habló al mar, le contó sus miedos, sus esperanzas, su fe y su terror. Y le suplicó fuerza. Sobre todo; valentía y fuerza. Y tras esa oración humilde, una ola le rozó los pies, anunciándole que la marea reclamaba su espacio, y ese gesto, para ella, fue el beso bendecido de Dios…
Entonces, le prometió a cambio que no se dejaría vencer, que atesoraría esa potencia y la administraría, empleándola en todas y cada una de las batallas que tendría que librar. No estaba segura sí la guerra duraría meses e incluso años. No conocía el terreno a conquistar. Ni cuánto tiempo tardaría en vencer al vil ocupa. ¿Cuántas cosas personales y materiales perdería en esa ofensiva particular?... Pero le prometió a Él, al mar, y por ende a ella misma que saldría victoriosa.
En esas horas, frente al mar, se reconcilió con todo: el destino, el infortunio, el pasado, el presente y el porvenir que la aguardaba al regresar. Se atiborró mentalmente de energías, de fuerza vital. Se vistió con el sobretodo de la conformidad, y con todo eso mezclado, ungió de paz a su espíritu. Cargó sus alforjas de alegría y en su boca, con hilos de seda bordó una sonrisa que nunca, ni en los peores días de la oscuridad, desapareció del todo. En definitiva, en esas escasas fechas de ocio y recogimiento, mientras oía el rugido del mar y aspiraba su singular aroma, dispuso la mejor estrategia para vencer al mal que, agazapado la invadía…
Ahora que han pasado casi tres años de esta historia, mí amiga, nuestra amiga, sinceramente cree que, aunque deba de librar aún alguna que otra escaramuza, lo peor de la ofensiva ha terminado.
Trini Reina
Un amigo me habla de que hará un viaje a Conil de la Frontera(Cádiz). Esto me ha hecho sacar de mi cofre de letras este relato que escribí justo ahora hace un año. Fue casi lo primero que tracé y nunca lo publiqué porque me pareció algo triste para el lector. Por eso ahora, con el turno en pasado, no quiero que lo leáis en plan doliente, sino como algo dulce y esperanzador… Y todo lo que está dotado de esperanzas, con el tiempo se torna alegre.
26/06/2005
Se siente terriblemente enervado. Le oprime el pecho una loza de mármol que, con su peso lo hunde hasta el fondo de las sábanas. Cadenas de acero amordazan sus miembros aletargados, y no está muerto sólo vegeta envuelto en el cansancio.
La sangre se condensa y a pasos cortos circula demorándose por las venas. La mente envía impulsos que los sentidos no obedecen, han declarado la insurrección. El corazón y sus latidos se declaran en huelga de brazos caídos.
Se rinde y cae en las manos de la insana pereza que se ceba con él dejándole impotente. Y no puede permitirlo, tiene demasiadas cosas que atender; mil labores lo reclaman…
Intenta rebelarse, protestar por la somnolencia que le importuna; pero la lengua no responde, la escasez de energía no le alcanza para palabras. Quiere gritar, negarse a las garras del desmayo, mas, a su garganta una cuerda de congoja la cohíbe.
…Y se queda inerte, como un enorme reptil que hiberna, rogando para que este pequeño respiro que acepta contra su voluntad, le devuelva a su Ser. Al menos, que la mitad de sus fuerzas reconquisten la dignidad…
Busca motivos para esta desidia que lo somete, lo achaca al calor del estío con sus olas de fuego que van y vienen…Quizá la culpa sea de la falta de horas de descanso, padece sequía de sosiego. O serán los años que arrastra que, con cada jornada envejecen una arruga y diez canas… Y mientras especula, el sopor se apodera de él, y lo abraza el fantasma del sueño; arrullado en su seno, al fin, se queda dormido…
En infinidad de ocasiones es más fructífero dormir que cavilar…Así que abandónate en los brazos de Morfeo y que él te restablezca con sus besos… Trini Reina 
14/06/2005
Se sintió terriblemente cansado y, esta repentina impotencia despertó en su conciencia un piélago de dudas… Se había fraguado un mundo idílico, un oasis entre tinieblas… Y ahora, la incertidumbre, le soplaba tras la oreja y le musitaba insidiosa que tal vez toda su seguridad no era más que un espejismo, una jugarreta de la sibila mente.
Durante mucho tiempo, cuando asomaba a la ventana sólo sentía palpitar la primavera… En sus contornos y a lontananza. Albas, atardeceres, crepúsculos y madrugadas primaverales. Trinar de jilgueros, rumrum de grillos, la tierra germinando y floreciendo a cada minuto. A sus oídos, sólo llegaban melodías de mayo y su olfato nada más que reconocía aromas de abril… Lo enamoraban las luces doradas y azules de esta estación vivificante y risueña.
Mas, desde unas jornadas atrás, las primaveras, se volvieron intermitentes; entre los abrileños cielos se filtraban cada vez mayor número de nubes de sombra y alguna que otra noche se percibía cercano el aullar del viento.
Su voluntad era férrea; pero por las esquinas se comenzaba a infiltrar el oxido. Nunca antes lo había tiranizado el desánimo; pero quizá era hora de que se pertrechara contra el, por sí en un viraje brusco de la vida se desencadenaban los otoños…
El peso del sueño lo vencía. Las pestañas cada intervalo permanecían más segundos abrazadas y los párpados en la más absoluta pereza corrieron las celosías. Él se quedó al fin dormido… Lo último coherente que pensó fue que en todo caso, a pesar de cualquier revés, batallaría con denuedo para conservar sus verdes hojas de primavera…De eso estaba totalmente convencido. ©Trini Reina 14/06/05 
02/05/2005
Llegó el cartero. No era día de reparto, por eso, no echó el sobre en el buzón gris, el del correo ordinario, sino que lo introdujo por la ranura del azul, donde con letras doradas rezaba, “Servicio extraordinario”…
Recibió una carta donde tras cada palabra, con antifaz, jugaba al escondite el amor. Mientras leía entre curiosa y ávida, en la boca se le desmayó la sonrisa… Sí en ese instante le hubiesen robado una fotografía, reflejado en ella, asomaría un ser rejuvenecido, parecido a sí misma; pero, distinto… El semblante suavizado, los rasgos amables, los iris refulgiendo, acentuados el color, y en los pómulos; dos pétalos de rosa. En el pecho, a descompás, una orquesta de tambores tocaba a rebato y el corazón, danzaba en su hueco; mientras la sangre, se volvía azúcar. Y el alma… ¡Ay! el alma, subía y bajaba, como en un trapecio elevándose y descendiendo entre placer y sorpresa… Mas, la mente, impertinente siempre, desgranaba cada frase, restaba intenciones a los verbos, minimizaba el significado mágico que ella imaginaba embozado en el texto... Sólo es una carta, gritaba una voz siniestra desde el fondo de su cabeza. Sólo son cuatro oraciones dibujadas en inmaculado papel… y a ella se le ensombrecía instantáneamente la mirada. Entonces rebelde, en su delirio, a solas se convencía de que en este caso de nada valía la voz de la razón. Pues para su sed, esa carta era el agua. Sí, le suspiró a sus adentros. Sí, letras son. Palabras, simplemente palabras; pero, tan gratificantes y dulces, que en su hermosura han escapado del pergamino y, como un sudario de la más pura seda me han envuelto el cuerpo como lo haría un abrazo y han conseguido que en el seno, resucite el atribulado espíritu…
Y así, sólo con la lectura de tan liviana esquela, acariciando ese papel impreso que le entibia las manos, se sintió la princesa más hermosa del país de los sueños…
© Trini Reina
Dedicado a mi amiga Mercedes (La caminante) que con su Post “Correo ordinario” me ha inspirado este relato. 
01/04/2005
 Para no molestar, por no disgustar, evitando hacer daño... siempre asentía. Si lo haré, si lo tendrás, si te lo daré. “Si” era la palabra más usada en su vocabulario. El “No” ni existía, ausente vivía del catálogo. Cuánto más daba, más le pedían, desconocía la palabra “No” esas dos letras de sus labios jamás brotaban. Decía “Si” y los ojos cerraba. El espíritu lo sufría… lo sufría... La meta no divisaba. Los años le podían, el cansancio lo pisaba. Dame, dame, dame y él, todo lo daba y daba. Grano tras grano el reloj de arena de una campana a otra trasegando. Pasan los días, se suceden las semanas el peso se hace insoportable y el “no” enmudecido en su garganta. En los anocheceres, sin más que entregar, sin resuello se quedaba. Despunta la mañana y espléndida de fuerza su poder derrama; mas el “No” sigue ausente el “Si” campa a sus anchas, todo lo ofrecía, a nada se negaba... Fantaseaba con volar, mas no atinaba a desplegar las alas. Soñaba con partir a una tierra sin aristas, desdenes, ni dagas. Libertado de cadenas, en paz de cuerpo y alma. Mas sus pies por la bondad atados, no se atrevían, el círculo andaba y desandaba. Girando, girando al punto de partida retornaba. Y siguió asintiendo, sus “Si” a todos donaba y repartiendo asentimientos alegrías regalaba, mientras él, de tanto darse sin energía se marchitaba. Un día le exigieron una estrella, tráemela que no tengo estrellas en el museo de mis caprichos y él dijo, una te traeré si me abres la verja del circulo. Y las puertas por ensalmo se abrieron y caminó a pasos trémulos al principio, cruzó el dintel, los pulmones anegó de aire límpido. Elevó la mirada al firmamento e inalcanzable le parecieron los astros, pero imperiosos los gritos lo apremiaban, sin piedad, obligándolo. Quiero una estrella, insaciable la voz lo acicateaba, dame ese tesoro o todo lo anterior no sirvió de nada. Y él comenzó a mover las plumas, poco a poco desentumeció sus alas, con un impulso despegó del suelo y voló hasta alcanzarlas. Y voló y voló... sobrepasó la estrella del alba, la más brillante de todas y también la más opaca y siguió su vuelo hasta que el sol le entibió la cara. La luna le ofreció su regazo para que se recostara. Y allá en el infinito comprobó que es posible vivir alejado del egoísmo. A resguardo de malas artes, despojado de la cizaña... Liberto, redivivo, allí nadie le sangraría el alma... Aunque las estrellas alcanzó decidió no retornar a esa tierra impía y parda, en el cielo se quedó, feliz; entre las nubes vive y canta. ©Trini Reina 
21/03/2005
 Bajó del coche dando un portazo y sin mirar atrás se dirigió al aparcamiento de carritos del hipermercado. Tras introducir la moneda tiró de uno y empujándolo volvió sobre sus pasos hacía la entrada principal. Cruzó las puertas automáticas y enseguida notó que alguien la observaba, caminó por varios pasillos con esa sensación que se siente en la nuca cuando imaginamos que alguien, en algún punto, tiene su mirada clavada en nosotros; pero ella se dijo que serian imaginaciones suyas ¿quién iba a mirarla? Fue pasando secciones, sin prisas, pero sin pausa, tomando de los estantes los productos que necesitaba, mas la sensación persistía, miró disimuladamente a derecha e izquierda; mas no percibió nada extraño. Dejó en el pasillo principal la compra y se encaminó, libres las manos, hacía la sección de menaje del hogar, buscaba unas cucharillas de café, los niños a veces no se daban cuenta y junto con el envase vacío de yogurt las tiraban a la basura. Tomó en las manos un modelo para examinar el grabado y por el rabillo del ojo sintió más que vio a una persona inmóvil a su lado. Desclavó la mirada de la cucharita y la fijó en él. Era un hombre de unos treinta y tantos años, bien vestido, de aspecto educado y agradable. Estaba observándola, silenciosamente, con media sonrisa en los labios. Al percatarse de que ella había dejado de admirar la pequeña cuchara y había vuelto su mirada hacía él habló, y jamás hubiese adivinado la mujer las palabras que el desconocido pronunció. - Perdona, dijo - ¿Tus ojos no se venden aquí, verdad? Ella se quedó inerte, muda, cuando salió de la nube de asombro que la había poseído sólo atinó a responder con cara de boba - No, por qué Y el, muy serio, sin una mínima sonrisa ya en su boca le contestó - Porque tus ojos son los más bonitos que jamás he visto, nunca en mi vida los vi tan bellos. Y así, sin añadir ni una letra más se fue, sin hacer ruido, tal como había aparecido, dirigiendo sus largos pasos hacía otra sección del comercio, a saber qué habría venido a comprar. Mientras tanto, la mujer permaneció allí inmóvil, con la expresión pétrea, ensimismada, sin terminar de asimilar lo que sus oídos habían registrado. Cuando volvió en si, pasados unos minutos, de sus ojos, esos que el extraño admirador había halagado tan espontáneamente, comenzaron a brotar lágrimas que, la mujer era incapaz de controlar y lloró por la desacostumbrada sorpresa, lloró de emoción, lloró de alegría, lloró al pensar que a su edad aún no se había vuelto invisible, lloró allí, rodeada de vajillas, cubiertos y tazas, sin importarle que la mirase nadie que por ese lugar se atreviese a pasar. Quién sabe que demonio impulsó al hombre a brindarle ese requiebro, más propio de novela rosa o de anuncio televisivo de perfumes que de pasillos de supermercados y amas de casa. Tal vez él estaba tan deseoso de lanzar el piropo, como la mujer de escuchar alguna bella palabra gratuitamente regalada de las que tan escasa estaba su existencia. Lo que si sé es que esa escueta e inesperada lisonja hizo feliz a dos almas por unos minutos y es qué cuesta tan poco hacer felices a algunas personas… ©Trini Reina 
13/03/2005
 Érase una vez una caja. Era una caja pequeña de forma acorazonada, de colores tenuemente encarnados. Era recortada; pero profunda y honda. En ella, bien dispuestas, entraban infinidad de cosas: los recuerdos, buenos y malos, el dolor, la amistad, la risa, el amor, la soledad… En ella todo cabía hasta los golpes sin manos, que son los que más duelen. Con gracia los tomaba y los forraba con papel de seda y los depositaba allá en el fondo, en el último rincón, donde apenas llegaba claridad, para que se olvidaran antes. Todas las maldades pintaba de colores y las oreaba con brisas de modestias, con límpidos aires de sencillez, con cálidas ráfagas de humildad. En la cumbre residía la esperanza, allí aferrada, con uñas y dientes, inconmovible contra vientos y mareas, montaraz e indomable y al lado de ella se posaban los minutos de felicidad, porque la felicidad hay que medirla con calibre pequeño. Estaba la caja, llena de agotamientos; cansancios de cuerpos, hastíos del alma, heridas de amor, desaires, derrotas y olvidos… Pero por los bordes, a veces, brotaba la alegría, rebozaba el optimismo, estallaba la euforia, casi siempre desmedida, como una luz dada de repente que ilumina cielos, tierra y corazones. Otras en cambio, la cajita, se anegaba de penumbras por las que difícilmente penetraría la llama de un diminuto fósforo. Era una caja que a diario se reciclaba, estaba bien instruida. Ella sola eliminaba componentes inútiles como: inconformismos, envidias, orgullos, tiranías, desidias, amarguras… Mas una mano feroz durante la noche, volvía a llenarla de estos feos enseres. Siempre volvían, convertidos en nuevas perversiones, de distinta calaña; pero con igual contenido nocivo. La caja, imperturbable, no se cansaba de admitir cosas en su seno. Algunas extremadamente bellas como: la pasión, la ternura, la sinceridad, la caridad… Otras, depresivas y asfixiantes que, dejaba sus paredes llenas de una humedad viscosa y pestilente que corroía sus entrañas e intentaba destruirla; pero la caja era sólida y testaruda, limpiaba bien su morada en cuanto atisbaba el primer conato de insurrección. Pertinaz los vigilaba para que no contagiasen con sus aciagos virus a los otros benévolos y saludables integrantes del habitáculo. Pero un día llegó el tedio con la espada desenvainada y cercenó la arteria que proporcionaba energía a la generosa caja... La venció el monótono trabajo, la rutina, el enorme esfuerzo que suponía estar siempre ojo avizor luchando contra las cosas perjudiciales, la ardua labor que es estar siempre maquillando las cosas feas e insanas cada vez más numerosas... y desistió de brindar tan altruista amparo a intransigencias, fracasos, mentiras, ofensas… porque lo bueno, lo bello, lo realmente merecedor de laureles y aliento siempre arribaba en menor escala, siempre menor y la caja se ahogaba, no daba abasto a eliminar tantas cosas horribles. Así una mañana color de tristeza, cuando comenzó a reciclar traiciones, desengaños, venganzas… claudicó y siguió descartando, se armó de coraje, aspiro aire a bocanadas y continuó eliminando, eliminando, eliminando... Cuando se quedó desnuda, despojada, libre de dolores y placeres... humedeciendo la tapa con sus lágrimas la selló y se durmió, dispuesta a soñar con todo lo hermoso que la existencia le había ofrecido, obcecada en no dejar pasar más ni a su alma ni a su mente ninguna materia más. Al menos soñando podría sentirse purificada, sana y en paz... © Trini ReinaEtiquetas: Divagando 
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