Bienvenida

Empecé a escribir a los cuarenta y cuatro años, recién recuperada de un cáncer de mama. Creo que a raíz de esa experiencia, comencé a apreciar lo que la vida me ofrecía y que antes, imbuida en otros menesteres, había obviado. Digamos que, anteriormente a esa etapa, yo cabalgaba por la vida y que una vez superada, emprendí un sereno paseo por ella. Pienso que ahí nació mi amor por la poesía, que no por la palabra, que ya amaba desde que tuve uso de razón. Ahora ya no entendería mi mundo sin la literatura y, cuando me preguntan qué razón me motiva a escribir, respondo, quizá pecando de un exaltado ego, que escribo para que cuando muera quede una huella tangible o leíble de mi paso por la vida. Pienso que si dejo mis sentimientos y pensamientos impresos, de alguna manera, cuando alguien me lea, seguiré presente, aunque sea en el instante en que esté leyendo aquello que un día, quién sabe cuántos años atrás; una mujer sencilla, y no por eso menos vehemente, trazó.


Temas

Creative Commons License
Vehemencias by TriniReina
Photobucket Photobucket

Enlaces

Se muestran los artículos pertenecientes al tema Tricuentos.

13/08/2005

La dama nívea

damanivea.JPG
Desde el rojizo tejado, donde me amparo del relente nocturno, observo allá abajo el parque en que habito.

Soy un ave, concretamente una paloma, no una zorita, ni torcal, simplemente una paloma domestica de las miles que a diario sobrevolamos las plazas y los jardines urbanos, picoteando, como mendigas, granos de alimento en las manos de los niños.

En el ambiente se huele el cambio del tiempo, la luna camina rodeada de una escolta nebulosa que, desde este observatorio, me hace verla borrosa. El aire llega de poniente, lloverá al amanecer. Ya va siendo hora, el verano se ha alargado en demasía, agostando la flora del parque. Por el oeste se despereza el día y, como barrunté, el cielo se muestra de nubes rebosado. Caen las primeras gotas; las escucho repicar en las tejas del palacete. Además, el olor a tierra mojada es un gozo para el espíritu. Aquí, en mi refugio, no importuna el agua, pero la humedad hace doler mis viejos huesos. Las hojas realizan su último vuelo y en el suelo las dunas de hojarasca crujen en un postrer estertor, antes de ser barridas por el viento o aspiradas por las máquinas del jardinero.

Desde el privilegiado espacio que me concede la altura, dejo errar mi mirada por lo que me rodea. No está la mañana para planear por la ciudad curioseando. Desde aquí diviso la diadema pétrea que corona la testa de “La dama nívea”.

Quiero relataros una historia que acaeció en este oasis del centro de la urbe hace algunos años, cuando yo aún era una joven y locuaz paloma y el mundo se veía de un azul esplendoroso, incluso en los días como el de hoy, en que arrecia la lluvia.

En el centro de la plaza se ubicaba la glorieta, circundada por un parterre de rosas rojas y blancas. Una grada de azulejos vidriados divide el círculo, de cuyo centro surgía el pedestal de granito donde se aposentaba la esfinge de un coloso, con toda su envergadura. Desde allí dominaba el paisaje, altanero y elato y, se dejaba adorar por los viandantes que a diario pasaban junto a el. En la altura que le brindaba su atalaya los miraba con menosprecio, seguro del poder que creía poseer, al ser admirado durante tantos años, por multitud de ciudadanos. Los niños, a su alrededor jugaban o montaban en bicicleta, vigilados de cerca por sus madres o niñeras, que parloteaban unas con otras hasta que terminaban las horas de juego. Los ancianos a sus pies aprovechaban el calor del sol, descansando en los peldaños que acceden al basamento. Allí, como siempre, comentaban sus avatares cotidianos, manidos ya por el repetitivo catálogo de sus predecibles rutinas. Ya en las tardes. Casi dibujado el crepúsculo, los adolescentes tomaban posesión del parque. En los contornos del monumento se citaban para reunidos charlar. Aunque lo que más practicaban es esa costumbre de beber todos de la misma botella o pasarse unas veces el cigarrillo otras el canuto, de unos labios a otros sin el menor escrúpulo. Los enamorados tomados de las manos se besaban calenturientos, sin asomo de pudor, indiferentes a cuantos les rodeaba, ajenos a esos ojos metalizados, que desde lugar privilegiado los observaban fijamente con una gran dosis de envidia. Esta escena se repetía en el jardín, día tras día, en la rueda de las estaciones, con escasas variantes en el panorama y sus moradores.

Una muchacha solitaria llegó una tarde al parquecillo en el espacio que menos frecuentado estaba: las horas que trascurren desde el almuerzo hasta la vespertina hora del café. En ese rato la plaza quedaba semi vacía: un solitario transeúnte despistado o algún obrero que trabajaba en las cercanías y venía a comer su bocadillo relajadamente, sentado en un banco, resguardado a la sombra de un frondoso árbol. La flamante visitante del parque era una desconocida, ningún lugareño la había visto antes por aquellos lares, ya que, de haber sido así, no habría pasado desapercibida, pues una belleza como esa, nunca deja indiferente a quién la admira. Nadie conocía su nombre, mas se llamaba Pandora.

Todo el afán de la chica consistía en caminar circundando la escultura. Después reposaba a sus pies mirándola, sin hablar jamás con nadie de los que por allí pululaban. Desde hacía unos meses, diariamente recorría el mismo trayecto y realizaba idénticas acciones, siempre cerca del coloso y, como si de un dios se tratase, lo idolatraba. Era tan hermoso, tan reluciente... Se veía allí arriba terriblemente solo, inalcanzable, desamparado. Cada jornada lo adoraba más. Se abrigaba con el calor que la figura emitía; un calor falsificado, ya que este se limitaba a reverberar los rayos de sol que chocaban contra el bronce con que estaba fabricado. Ilusa, Pandora pensaba que la poderosa imagen le regalaba su calidez a ella en exclusividad. Que sólo refulgía en su honor. Cuán equivocada estaba. Desde abajo le clava sus negros ojos, mirando arrebolada hacia su ídolo amado. Le relataba sus pesares, la soledad en que vivía en esa patria inexplorada, la añoranza de su tierra, sus cuitas y desvelos, su naciente amor hacia él… La mente inocente de Pandora creó un ficticio mundo de sueños, en los que ella era predilecta y especial para el prócer dorado. Él era su príncipe poderoso y bello y de ella, humilde e insulsa, había quedado prendado. La incauta, poco a poco, entre tanto oneirismo, fue perdiendo la cordura, mas, pensaba que los locos eran los demás. Como esos niños crueles, de sonrisas desdentadas, en caras de querubines, que se burlaban de Pandora, mofándose de sus excentricidades y rarezas, mientras los padres, permisivos, aplaudían las gracias de sus infantes.

El coloso, entre tanto, coqueteaba con todo lo que atinara a observarlo, mostrándose cada vez más orgulloso y engreído. Flirteaba con las palomas, halagándoles la blancura de sus alas, reía con las golondrinas que en su mano anidaban, besaba a la lluvia cantarina que lo purificaba en otoño, arrastrando con ella el polvo acumulado durante el seco estío. Adulaba al sol para que gratuitamente lo bronceara e instaba a la luna a acicalarse en el brillo metalizado de su cuerpo como si en un espejo se reflejara.

Pandora, noche tras noche, fue languideciendo, entre celos, indiferencias y desaires. Pero negaba la evidencia y perdonaba a su enamorado mil desdenes. Mas eso no la eximia de marchitarse, ansiando la atención del ingrato.

Un día, una nube oscura y mandona que el paisaje celaba, se apiadó de Pandora, que, de tanto amar sin ser correspondida, durante el duelo perdió el color y el lustre de su semblante. Tocando arrebato la nube convocó a sus camaradas y todas al unísono formaron una tempestad repleta de venganzas. Encorajinadas invocaron la presencia de los elementos: el viento del norte, con su aliento helado, la lluvia con su azote de nueve colas, los truenos coléricos repletos de furor, los relámpagos clamando la soberanía del cielo sobre la tierra. Todos juntos una renegrida noche, el infierno desataron sobre el solitario parque. La orquesta de luces y sonidos se volvió ingobernable.

Tras horas de abatirse en desconcierto sobre el vergel, la paz retornó a la plaza. Al rayar la aurora, un destello de sol comenzó a fulgir y aceleró la huida de las plomizas nubes que restaban. Ya con la luz despertando al día, se percibió el desastre que la naturaleza enfurecida había ocasionado. Todos observaron como el poderoso coloso en el suelo yacía, malherido y roto, ni un asomo de lo que fue. Hasta el matiz dorado se había desprendido, despojándolo de su estofa.

Días después, los funcionarios municipales tras reparar los desperfectos, colocaron sobre la peana una nueva esfinge, esta vez un cuerpo de mujer vestida de mármol níveo.

A Pandora nunca más se la vio por aquellos parajes. Quizá la envolvió el viento entre sus helados brazos y la devolvió a su tierra. Aunque algún abuelo miope, al alzar la vista al cielo con ojos brumosos y mente senil, fantasea con los ojos de alabastro, asegura que tienen la misma mirada de aquella chica desconocida que hace un tiempo visitaba el parque y de la que nunca más se supo por aquella ciudad. Desde entonces rebautizaron el parque y ahora lo llaman el jardín de “La dama nívea”.


Como todos los ídolos,
por mucha purpurina que se unten
suelen terminar embarrados.
De nada sirve el orgullo,
ni mirar a la gente de soslayo,
al final un simple viento
en su merecido lugar los deja destronados.
©Trini Reina
13/08/2005 11:07. #.

Tema: Tricuentos

Hay 14 comentarios.
Photobucket - Video and Image Hosting

09/07/2005

...Y Selene se hizo selenita

selene.JPG
Selene suspiraba por abrazar al Sol, era su anhelo primordial. Y mientras, estaba ocupada en esas cuitas, para nada rebosadas en amarguras, tan sólo en añoranzas. De ningún modo se percató de lo próxima que estaba a la caverna del averno. Por eso Selene, aunque derramó mil lágrimas por una quimera inabordable, jamás emitió ni tan siquiera un gemido de temor cuando fue acorralada por el tridente de Satán.

Y un día Selene, perdida en sus delirios, se envolvió en gasas multicolores, levitó y emprendió un vuelo radiante hacía la Luna, apartándose definitivamente de las garras de las tinieblas que amenazaban subyugarla. Y allí habitará por toda la eternidad.Selene se hizo selenita...

Cada amanecer, desde la lejanía, se consuela saludando a su amado Sol. Con esa nimiedad se embelesa.

Y en las noches de verano, cuando la Luna rellena su cara, desde la remota Tierra se divisa la aureola de Selene; mientras, el silbido del viento nos acerca su cantinela de amor, que se confunde con el murmullo de las olas en el vaivén de las mareas…

Trini Reina
09/07/2005 12:36. #.

Tema: Tricuentos

Hay 18 comentarios.
Photobucket - Video and Image Hosting

30/04/2005

Al despertar

Mujer dormida Javier carmona.JPGSe quedó sola en la sala. Su compañero, con palabras medidas, se retiró a dormir. Ella, como todas las noches, se demoró recogiendo la casa (aunque cada vez había menos que recoger). Cuando acabó, fue a asearse antes de irse a la cama.
Entró de puntillas en la alcoba y, abriendo el embozo, más por intuición que por claridad, se introdujo bajo las sábanas. La cubrió la soledad.

El hombre, vuelto de espaldas, ya dormía, o simulaba hacerlo. Ella, inmóvil, reposó con los ojos clavados en el techo. De la calle entraba un haz de luz de luna y la lámpara dibujaba su sombra en el cielo raso, semejando una gigantesca araña. En el cuadrilátero perfecto del lecho meditaba sin cambiar de postura, boca arriba.
Otras noches similares a ésta, calcadas de ésta, se abrazaba a la almohada para así sentir el calor que brindaban sus plumas, pero hoy ni ese consuelo era capaz de darse a sí misma. Había caído de lleno en una pantanosa desesperanza.

Respirando bajito, sin hacer ruido, sin llorar, pues las lágrimas, de espesas, se habían condensado hacía tiempo, con la mirada colgada de las sombras, continuó inerme analizando el futuro que le quedaba por vivir, el mucho, el poco, y su enlace férreo con la monotonía.
Ya, sin hijos que cuidar; el último partió unos meses antes añadiendo un nuevo eslabón a la cadena de su propia vida, se había marchado no sólo de la casa materna sino también de la ciudad. Quizás éste era el desencadenante del estallido de angustia que le cayó encima, así de golpe, fuerte e hiriente, sangrante. Ella, mujer activa durante muchos años, todos sus años, de repente se sintió inservible, inútil. Su existencia quedó sin alicientes, por delante sólo vislumbraba el vacío.

El hombre tosió y se removió en la cama sacándola por un instante del ensimismamiento en el que estaba hundida. Quizá él también sentía idéntica oquedad en el alma, ¿quién sabe? Ninguno de los dos quiso o supo ponerle letras al sentimiento y lanzarlo a los mutuos oídos. Se encerraron en su caparazón y se subieron al tren de los clonados días. El sueño la seguía esquivando, la mente ingobernable era un caos de pensamientos. Quiso desprenderse del lastre que la asfixiaba, mas en arenas movedizas se fue ahogando...
Se levantó y descalza salió del dormitorio, necesitaba aire para los pulmones.

Él despertó con la mañana y lo avasalló el repentino frío que en la estancia reinaba. Se cobijó y prestó atención, esperando oír a la mujer trasteando en la cocina. Aguardó a que la brisa trajese de la mano el fragante aroma del café recién hecho, hasta colarlo por las rendijas de la puerta de la alcoba. Esperó y masticó silencios. Por fin, en vilo, temeroso, se incorporó de la cama. Las sabanas semejaban un caótico manto de nieve. La llamó. Nadie respondía. La buscó por la inmensa casa, dominado por un creciente pánico. Gritó su nombre con más vehemencia, siguió llamándola, mas no obtuvo respuesta.
Con el corazón latiendo de zozobra, abrió la puerta que daba al jardín y allí la vio. Se quedó parado mirándola, amainando el martilleo en su pecho. Despacio, silencioso, se acercó a la mujer. Ella permanecía dormida, recostada en el asiento del columpio, el pelo asperjado de gotas de rocío, la cara húmeda del relente del alba, arrebujada en una manta y los pies descalzados, enrojecido por el frío.
La tomó entre sus brazos y la abrazó. En ese momento se percató de que hacía meses que no lo hacía. Entonces ella abrió los párpados y fijó su mirada en él, una mirada del color de las hojas en otoño.
- ¿Qué pasa?, ¿estás llorando?
Y él contestó:
- Es tu pelo, que desprende perlas de rocío y me ha humedecido la cara...

©Trini Reina
24/04/05

Ilustración :Javier Carmona
30/04/2005 11:03. #.

Tema: Tricuentos

Hay 17 comentarios.
Photobucket - Video and Image Hosting

25/04/2005

Perros y Pulgas

plutonio2.JPGÉrase una vez un perro llamado Plutonio. Era un perro de marcada raza. Bien formado y educado. Andaba ya rozando la mitad de la vida. Era de color pardo y mostraba al mundo unos entristecidos ojos marrones y unas orejas largas y gachas.
Una tarde paseaba por la avenida de los naranjos de frutos amargos y, al pasar por uno de los árboles, restregó su pelambrera por él. En ese momento saltó sobre su lomo una pulga. Su nombre era Nimiedad.
Nimiedad era una pulga independiente y humilde, que se las apañaba muy bien sola, no necesitaba hogar para vivir pero, al no poder evitar el choque con Plutonio, no tuvo más remedio que caer sobre él, pues si no, se hubiese dado de bruces contra el suelo que, para colmo, estaba mugriento y viscoso.
Plutonio tenía más pulgas habitando su cuerpo. No es que tuviese demasiadas, ya que Plutonio era un perro bien aseado de cuerpo y de mente, pero sí había algunas, aunque procuraba mantenerlas prudentemente alejadas de la cabeza, pues se la hacían doler el parloteo y la risa banal. Era un perro muy serio.
La reina de todas sus pulgas se llamaba Purita y era muy cariñosa y tierna. Eso sí, abusaba de hablar edulcorado y amaneramientos y siempre exigía a Plutonio que le devolviese atención por atención y la colmase de presentes.
Que un día le rascaba tras la oreja con mimo, pues al siguiente el tenía que mostrarle el perfil más lindo de una estrella; que una noche le cantaba una balada cargada de florituras, pues allá que el pobre perro había de tararearle, entre ladridos y aullidos, otra un tono más agudo de enmelada...
Plutonio estaba algo cansado de Purita, así que le dijo que se retirase una temporada a vivir en una pata, ya que él necesitaba descansar un poco en brazos de la soledad. Se encontraba algo mayor para oír y trocar tanto romance rosado por rosado romance. Así que Purita, con su cohorte de amigas, se retiró a la patita derecha por unos meses.
Fue entonces cuando Plutonio disfrutaba de esa preciada soledad, casi de índole monástica, que apareció Nimiedad y algo harto de silencios, porque era un perro que se hartaba de todo con rapidez, decidió aventurarse en la novedad que ésta prometía. Por unas semanas hasta la familia de humanos que lo acogía y amaba, percibió en sus ojos, comúnmente opacos, chispitas brillantes de tonalidades doradas…
Nimiedad, además de tozuda y fuerte, estaba acostumbrada a defenderse y cuidarse por sí misma, así que no pedía nada a Plutonio, pero éste se ofrecía gustoso, eso aseguraba, para instruirla y dotarla de conocimientos que le eran ajenos a la rural pulguita y a susurrarle versos y relatos de bella factura y delicadeza para hacerle las jornadas más amenas. Le regaló muchas cosas. Ella decía: “Yo no tengo nada que ofrecerte a cambio, soy una pulga pobre de tesoros y conocimientos”. Él replicaba: “No pido nada a cambio, los perros somos altruistas y yo he de hacer honor a mi ralea, hasta pensamos y actuamos de una manera infinitamente más humana que los propios humanos…”
Así que, agradecida y crédula, la pulga aceptó tan hermoso presente.
Él le mostró la cara oculta de la luna, le abrió los oídos al rumor de las olas, tan variable según los vientos, le contó historias de soles lejanos y montañas altísimas, de ciudades mitológicas, ríos bendecidos y desiertos inmensos… Era un perro sabio e inteligente y había recorrido mundo, al menos un mundo muy diferente al frecuentado por Nimiedad…
Pero al cabo de unas semanas, una mañana al despertar se sintió tremendamente aburrido de la sosa compañía. Intentó alegrar la convivencia de alguna manera, le dijo, “Recítame un poema, que me los niegas, nunca me dices palabras tiernas, jamás demuestras ningún sentimiento, vives gratuitamente en mi pelaje y ni derramas una caricia sobre mí… eres seca e insensible.”. Y ella con una mueca encogía los hombros, consciente de que algo de razón si tenía Plutonio, pero sin salirle del alma remediar la monotonía que entre perro y pulga se había instalado.
Ella no era nada romántica, era silvestre y cruda, la vida la había hecho así, aunque tenía cariño para dar y, a veces, sin percatarse, lo donaba a manos llenas, se mostraba remisa a hacerlo, pues ya se lo habían despreciado tantas veces… y la edad, la experiencia, le enseñaron a arraigar fuertemente sus patitas en el hábitat donde viviera, allí donde el viento la transportase… Y a no dejarse engatusar por animales, humanos o cosas…
Y Plutonio un día se hastió de donar tiempo, hábitat y simpatías, y pensó en mandar a paseo a Nimiedad. Para colmo, Purita reclamaba regresar a sus dominios, pues llegaba el invierno y en la pata diestra hacía demasiado frío.
Estaba ya para arribar, cuando Plutonio le confesó a Nimiedad su hartazgo y la conminó a hacer un viaje a lo largo de su espina dorsal, allá hacía el territorio de sus cuartos traseros, “la separación nos beneficiará a ambos”, aseguró.
Nimiedad, la pulga que no se daba mas tampoco pedía, acepto el ofrecimiento sin rechistar y se despidió, por nada del mundo quería alterarlo. “No hagas a nadie lo que no quieras que te hagan a ti” era su lema… Así que se mudaría a vivir en la parte más alejada de la cabeza del perro, donde ni su aliento lo molestase.
En el camino, cuando daba saltitos por la alfombra mullida del pelaje de Plutonio, se cruzó con la comitiva de Purita que, con todos sus bártulos, volvía hasta el cuello, el lugar más cercano, cálido y entrañable para morar. Ella siguió su marcha y, al llegar a la cúspide del lomo, el lugar más alejado de la testa de Plutonio, de repente presintió y sintió un huracán helado que se acercaba, acompañado de una sombra alargada. Era el rabo del animal que, sin miramientos, la lanzó fuera de su cuerpo y, sin mirar atrás, comenzó a caminar a medio trote alejándose, alejándose… donde las pequeñas patitas de Nimiedad jamás lo alcanzarán de nuevo.
“Menuda pulga fría y pesada”, se dijo y sin más, balanceando las orejas, dio la bienvenida a la edulcorada Purita y a su séquito.

De aquí el dicho:
“Se quedó como perro que le quitan pulgas”.
Bueno, exagero, no es de este cuento de donde viene tan sentenciosa frase, pero debe de ser de una historia parecida.

©Trini Reina
25/04/2005 08:44. #.

Tema: Tricuentos

Hay 22 comentarios.
Photobucket - Video and Image Hosting

17/04/2005

Tiñoso Peineta

satan1.JPGTiñoso Peineta es malo, sí, se dedica a hacer daño simplemente por norma. Ve la felicidad, el bienestar o el trabajo bien hecho en acera opuesta y trama, urde, piensa y repiensa mil maldades para fastidiarlos. Porque hacer el mal es su gozo, su emponzoñado orgasmo, su único placer.
De noche no duerme, como un vampiro se agita en sus aposentos ideando la más cruel manera de saltar con sus dientes de piraña sobre la yugular del prójimo, del hermano, del vecino... No descansa en su afán de aguar el contento de los demás, la sana diversión…y ahí está, de día y de noche devanándose los sesos, buscando la idónea manera de enlodar la casa ajena; malignidad tras malignidad, su hedionda mente maquina sin tregua.

En cuanto algún incauto, vasallo, esclavo o desgraciado le presta atención Tiñoso, como un volcán de materias inmundas, vomita su pestilente lava.
La persona cuerda, entera, cabal, que lo escucha, no da crédito a lo que los oídos captan, mas los ojos, vivos y sabios, ven anonadados como mezclados con pildorazos de saliva, por la boca de Tiñoso escapan dardos de rejón oxidado, astillas impregnadas en curare, dagas afiladas y hasta algún que otro sable todo con la intención de herir al que inocentemente exhibe su alegría, celebran sus solemnidades… esas que, con infinito esfuerzo, elaborada sencillez y multiplicadas ilusiones ha estado ansiando largo tiempo.
Y lo peor, lo más punible de todo, es que Tiñoso posee lo mejor para un buen vivir, un buen yantar, un buen beber, un buen navegar y un buen volar…mas es digno de lastima pues no sabe disfrutar de ello y, aquí mora, ahogándose en un charco de verde envidia, en un pantano de rencores e inferioridades… atávicas, purulentas, enquistadas.
Y para colmo, para su propio descrédito, se ampara en el chiste fácil, en la verborrea barriobajera que, solo ríen sus adláteres y la gente de pocas luces…

Y por supuesto…se lo pasan en grande sus vecinos al ver como la impotencia de no poder amargarles la diversión hace caer a Tiñoso Peineta, cada vez más al fondo de su negro precipicio, ya que ellos, gozando de sus faustos, son inmunes a tanto vocablo difamatorio pues están muy por encima de la malicia de un caduco e irrisorio “payaso” que no tiene suficiente poder para estropear tan magnas celebraciones…

El mundo está lleno de Tiñosos Peinetas, que cada uno ponga imagen al suyo.

16/4/05/Trini Reina
17/04/2005 09:10. #.

Tema: Tricuentos

Hay 10 comentarios.
Photobucket - Video and Image Hosting

04/03/2005

Yo tuve un árbol

arbol2.JPGUna vez tuve un árbol, copado de frondosas ramas cargadas de pequeñas hojas lanceoladas, de un verde intensamente oscuro y brillante, hojas perennes en ramas inquietas, que llegaban hasta la ventana de mi dormitorio en un segundo piso de viviendas; de un barrio a las afueras de la localidad.
Era un árbol solitario, un árbol sin pareja ya que el jardín, por llamarlo de algún modo, estaba entonces constituido por: una palmera enana, una alfombra de dispersa grama, que parecía estar famélica, un arbusto de Dama de noche que, cuando apretaba el calor impregnaba mi alcoba con su densa fragancia, un naranjo raquítico, y otro árbol de distinta especie a este que yo consideraba de mí propiedad; aunque también sus ramas rozaban el ventanal, esta vez, del salón de mi casa.

En primavera, me despertaba con el gorjeo de los pájaros que entre su tupido follaje anidaban: gorriones, jilgueros... que en cuanto comenzaba a clarear el día volaban de ida y vuelta en busca de alimentos, se peleaban entre ellos, se emparejaban... formando un estruendo chillón de trinos y pío-píos. Mi marido protestaba pero a mí me alegraban, esa era la señal de que ya había pasado la noche y era hora de encarar un nuevo día, siempre he preferido el amanecer al anochecer,en verano, el frescor de su frondosidad al caer la tarde, refrescaba las paredes caldeadas por el sol, que desde mediodía hasta el ocaso, castigaba los muros de mi vivienda, orientada al oeste.

Era mi árbol, no lo había plantado yo, pero lo vi crecer día tras día desde que simplemente era un arbusto. Nunca averigüé a qué especie pertenecía, que nombre popular o científico tenía. No era común de este ecosistema pero, era mío: su sombra, su acre aroma, su color, los susurros que, como música, las hojas al bailar con el viento emitían me acompañaron muchos años, más de veinte años de mí vida.
Era mi árbol, cuando me asomaba al balcón fijaba la vista en él mientras dejaba vagar mi imaginación meditabunda. Cuando me sentía melancólica, cuando la tristeza me atenazaba el alma, incluso cuando era demasiado feliz y el gozo me estallaba dentro del pecho y había de asomarme a la calle para respirar aire a bocanadas...
En él colgaba mi mirada y a veces hasta hablé con él, trasmitiéndole de alguna manera mis sentimientos, que no sé por qué juego de la mente parecían menos oscuros, más cálidos, cuando volvía de mi interior mundo, a descansar ya recuperada de la obnubilación, mis ojos en sus ramas, en las avecillas allí refugiadas; en su silueta lozana y orgullosa...

Yo tuve un árbol, hasta que un día crucial para mí, estando tomando café en la cocina, oí el sonido de una sierra. En principio pensé que lo estaban podando, que le quitarían alguna que otra rama que le sobraba, que lo estarían embelleciendo... Mas, no, lo estaban talando.
En aquel momento no pude protestar, en unos minutos, tras el desayuno, había de ingresar en el hospital, al día siguiente iban a intervenirme quirúrgicamente.
Por esos virajes de la imaginación me dio por pensar que yo era ese árbol, que mi suerte iría ligada a él, también a mí iban a quitarme algo, quizás yo también estaba agotando mi tiempo de vida. Y allí con la taza de café, que ya se había enfriado, lloré por el árbol y por mí, por lo que me depararía a partir de esa fecha el destino.

Pasé nueve días en el hospital pero, en cuanto volví a casa, fui directa a la ventana y allí estaba el tocón, solamente le habían dejado unos centímetros de tronco que sobresalía de la tierra. Pensé, bueno hermano, estamos vivos, al fin y a la postre es lo que importa, a ti te crecerá nuevamente el tallo y yo batallaré por seguir viviendo. A ti se te volverán a llenar los brazos de pájaros y, tus ramas volverán a acariciar los cristales de mi ventana. Y a mí se me multiplicaran las ganas de vivir, hemos pasado lo peor; no podrán con nosotros.

Cuando a la semana siguiente de mi vuelta algo más fuerte salí a la calle, busqué al jardinero.
- Por qué has cortado mi árbol- le pregunté
- Estaba enfermo- respondió
Yo no le creí, no podía estar enfermo algo tan vivo y hermoso. Más tarde me dijeron que la nueva inquilina, la que vivía en el primero, se había quejado a la comunidad; una rama entraba en su habitación y la molestaba. Creo más en esta versión ya que al poco también le molestó la palmera enana, pero esta tuvo más suerte, los empleados municipales la sacaron con todas sus raíces del jardincillo y la trasplantaron en una de las avenidas del municipio.

Al poco, el tocón del árbol comenzó a florecer diminutas ramitas y yo, comparándome con él me decía, si tu renaces, yo viviré. Y lo observaba a diario, pero lo cortaban en cuanto extendía sus ramas de nuevo. Hasta que una jornada lo serraron a ras de suelo y con algún producto químico lo acabaron de eliminar. Ahora sólo se percibe la tierra quemada donde una vez estaba el nacimiento de su tronco. Volví a preguntar y, esta vez me comentaron que sus viejas y fuertes raíces podían perjudicar la estructura del edificio. En fin que nunca sabré en realidad quién odiaba tanto a mi árbol para matarlo.

Sin embargo, aún lo sigo asociando conmigo misma, ahora desde otra perspectiva. Yo estuve enferma, el árbol (dicen) también, a mí me quitaron una parte propia, en principio al árbol también, pero este seguía creciendo, echando raíces, extendiéndose, multiplicándose... a mí me curaron con un tratamiento químico al árbol lo exterminaron con el...
Nunca he sido optimista, muy al contrario, prueba de ello es que al principio de esta historia, yo llegué a pensar que si el árbol moría también lo haría yo y ahora me agarro al optimismo de esta manera, si el árbol sigue quieto, inerme, dormido... mi mal también lo estará y yo seguiré con mis manos, con mis ramas, anclada a la vida, porque de alguna enrevesada manera estábamos ligados mi árbol y yo.
© Trini Reina
04/03/2005 12:12. #.

Tema: Tricuentos

Hay 23 comentarios.
Photobucket - Video and Image Hosting

Vehemencias, blog de Trini Reina